Nueva Zelanda: Cuando la naturaleza permanece liberada

“Por el valle de cumbres nevadas se desliza la sombra de un avión. Glaciares milenarios se baten en retirada amedrentados por la humanidad. Bosques húmedos donde helechos y musgos pintaron todo de verde. Montañas surgidas del lecho marino exhiben desnudos sus esqueletos de crepes. Una lóbrega cueva alberga una mortífera galaxia fluorescente. Praderas de terciopelo perecieron devoradas en un infierno junto al que nació una aldea de cuento para volverse de verdad”. 


Concluida la visita relámpago a la costa este australiana y la más profunda al maravilloso mundo de coral de las Salomón regresábamos a Brisbane para hacer noche y saltar a la penúltima etapa del viaje, Nueva Zelanda.

Bien abrigados y de noche cerrada nos recoge el taxi en la puerta del hotel para llevarnos al aeropuerto. Por el camino, el conductor nos pregunta sobre nuestro destino y se le ilumina la cara al conocer que nos dirigimos hacia la tierra de los kiwis, como popularmente se conoce a sus habitantes. La culpa es del ave del mismo nombre y símbolo de sus regimientos incluidos los de la Segunda Guerra Mundial junto tras la que se les quedó ese apodo …

El taxista nos cuenta como hace unos años recorrió esa tierra durante tres semanas con sus amigos y nos asegura que si la naturaleza australiana nos gustó la del país vecino nos dejará impactados. Oyendo tan prometedores augurios despedimos a la aburrida somnolencia dando paso a la ilusión …

Algunas horas de vuelo después aparece una abrupta cordillera nevada que se muestra imponente. El paisaje desde el aire adquiere una belleza impactante. Un poco más tarde volamos por el pasillo de un valle flanqueado por las altas montañas coronadas de blanco. El avión se agita como un juguete por las turbulencias que genera el aire que circula desordenado por la salvaje garganta en un lugar donde el clima suele caracterizarse por su crudeza. Al tomar tierra en Queenstown nos invade una doble alegría: la de abandonar el desagradable traqueteo y la de comprobar que el cielo está azul y despejado  lo que, por estos lares, es algo absolutamente inusual en pleno invierno.

Recogemos el coche de alquiler para poner rumbo hacia los glaciares no sin antes detenernos para disfrutar de la amplitud de la vista del gran lago Wakatipu que preside esta ciudad del sur famosa por sus múltiples actividades desde las más tranquilas hasta las más movidas como el rafting, surfing, bungy o jetboating.

Las grandes montañas nevadas me llaman subliminalmente. El cuerpo me pide variar la ruta para visitar el fiordo de Milford Sound pero mi mente rápidamente acude para poner orden. Solo disponemos de seis días milimetrados, sin margen para el error, y ese prometedor pero largo trayecto de ida y vuelta nos supondría perder uno completo. ¡Imposible! …

Así que carretera y manta, luchando para domar al tozudo cerebro y acostumbrarlo a conducir por la izquierda. La ruta ya ha sido decidida de antemano y circularemos por el lado oeste que nos ofrecía más atractivo que el opuesto del este.

Primera parada para  Arrowtown . Pequeña localidad nacida de la mano de la fiebre del oro en 1862 cuando un tal Jack, no Sparrow sino Tewa, tuvo la fortuna de encontrar muestras del preciado metal en el río Arrow.

Allí se encuentran aún algunas cabañas del asentamiento chino que se establecería cuatro años después justo donde a los europeos no les interesaba extraer.

Una pequeña visita a lo que queda de aquello nos transportaría por un momento a esos tiempos de ambición, ilusión y sacrificio, con aires del Far West, y, de paso, nos dejaría la imagen de unos novios, descendientes de ambas razas, cuya relación evidenciaba que no todo aquello susceptible de acabar mal terminará de ese modo, como proclama Murphy en su derrotista ley, al menos de momento y sin perjuicio de posterior divorcio …

La siguiente parada, Wanaka, estaría destinada a contemplar su lago con el mismo decorado de fondo que el anterior. La gran cordillera adornada con su cresta helada.

Al haber aterrizado cerca del mediodía poco tiempo de luz restaba para seguir disfrutando del incesante espectáculo natural del salvaje sur. Sandwich rápido y rumbo hacia a las Blue Pools denominadas así por el color del agua de cristal, proveniente de las montañas, que termina por quedar amansada sobre el lecho de grava resultante de la erosión.

El camino que discurre desde la carretera hasta este lugar nos comienza a dar una primera visión del extraordinario verdor de este país atravesando un frondoso bosque de hayas, y de los omnipresentes helechos neozalandeses, hasta alcanzar el puente colgante que cruza el río Makarora.

La vegetación termina por despejarse para dejar paso a la imagen de los tranquilos estanques junto a la gran garganta que los alimenta. Sobre el espejo de la superficie se refleja del revés un precioso paisaje que poco a poco se irá difuminando a medida que el sol termina de ocultarse.

Con la llegada de la noche la temperatura desciende drásticamente y la lluvia aparece complicando aún más la conducción por una ruta, de por sí, muy sinuosa.

Tocaba aún alcanzar el pueblo del Glaciar Fox, donde planeábamos pasar la noche, y me concentro aún más en extremar el cuidado ante la aparición de continuas señales de peligro de hielo y deslizamiento plantadas como hongos por esta estrecha carretera endiabladamente retorcida donde no mucho más allá nos estaba aguardando una sorpresa bien desagradable.

El tránsito por el sur se hace en ocasiones extraño, como ya nos ocurriese en Islandia, al circular grandes trechos en los que no alcanzas a cruzarte con ningún  otro vehículo por lo que cualquier percance puede convertirse en un problema ante la dificultad del auxilio.

Hacía ya muchos kilómetros que veníamos observando muchos cadáveres de distintos animales sobre la calzada y no alcanzábamos a comprender el porqué de tanto infortunado bicho aplastado.

Las curvas, como todo en esta vida, también tienen su fin y comienzan a aparecer tramos de recta que transcurren junto a grandes masas de árboles. Sigue lloviznado y todo está oscuro como boca de lobo con la única iluminación de los faros de nuestro coche.

Apenas nos quedan ochenta kilómetros para llegar a nuestro destino cuando, de repente, un animal sale como una centella del bosque y salta justo delante de nuestras luces. No hay tiempo ni siquiera de tocar el freno el impacto es inevitable y no modificó ni un milímetro la trayectoria del vehículo. Un inútil volantazo sobre el pavimento mojado hubiera tenido, a buen seguro, consecuencias catastróficas.

La adrenalina me recorre el cuerpo entero y siento con claridad el sonido seco del contundente golpe del animal en los bajos del coche. No he llegado pisarlo pero bien parado me temo que no debe haber resultado el pobre.

Mientras mi Pepito Grillo personal (PGp) se recupera lentamente del descomunal susto también comienza a dejar caer alguna lágrima por lo que cree que ya es un gato menos en la población mundial felina – la más apreciada por ella del planeta, muy por encima de la humana. A decir verdad la humana, en mi escala personal, aún figura situada en un puesto muchísimo peor que en la suya.

No nos hemos repuesto aún del sobresalto cuando la escena vuelve a repetirse tan sólo un kilómetro después pero ahora el animal si se ha metido debajo de una rueda. El mal cuerpo que ya tenía por el disgusto anterior ahora pasa a un estado de absoluto malestar, con la culpabilidad danzando sobre mis aceleradas neuronas. Sumido en un estado de total perplejidad disminuyo la velocidad al mínimo razonable. Desde hace bastante tiempo no vemos circular coches y me explico perfectamente la razón. Ciertamente, es difícil continuar conduciendo el resto del trayecto en esta demencial situación en la que queda fuera de los reflejos de cualquier conductor, por experto que pudiera ser, eludir a estos animales que aparecen de la nada a la velocidad de la luz …

Intentando multiplicar mis dos ojos por cien, o incluso más, sigo avanzando y rumiando el disgusto mientras intento, con escaso éxito, consolar a mi PGp que ya solo presta oídos al amargo monólogo de la cruel angustia. No serán los últimos que se crucen por delante de nuestro vehículo pero, afortunadamente, los siguientes aparecerán a mayor distancia y me darán la opción de no seguir incrementando mi funesta lista de animalicidios involuntarios.

Tras llegar al hotel y aparcar el vehículo con los ánimos varias plantas por debajo del subsuelo nos acercamos caminando bajo la persistente aguanieve a un pub local para probar su Fish  & Chips casero y unas extrañas salchichas rebozadas, todo ello convenientemente regado con jugo de cebada fresquito.

Intrigado aún por lo sucedido aprovecho para acercarme a la barra y preguntar sobre los bichos suicidas a unos señores de aspecto rudo que estaban dando buena cuenta de una ristra de pintas. La respuesta no se hace esperar y en tono despreocupado me contestan que no me preocupe en absoluto

– Son pósums. Una plaga. Responden varios a la vez mientras acompañan su comentario con muecas de asco.

No puedo negar que aquello me impactó en aquel momento pero, posteriormente, les entendí tras informarme con mayor detalle sobre la presencia de estos animales en su país. Su desmesurado número no solo está provocando grandes daños de deforestación al alimentarse de los brotes tiernos de las plantas sino que, igualmente, perjudican a la población de otras especies al comerse también los huevos de los nidos de los pájaros e incluso les transmiten enfermedades como la tuberculosis. Por si fuera poco, estos glotones, también son okupas y llegan incluso a expulsar de sus cálidos agujeros a los emblemáticos kiwis . Todo este desmadre lleva a la población a formar cacerías nocturnas o incluso a acelerar sus vehículos cuando divisan a alguno  cruzando la carretera para atropellarlo y, en este caso, con plena conciencia …

Más tarde en el hotel, y buscando apaciguar el remordimiento que áun habitaba en el interior de mi PGp, San Google se encargaría de confirmarnos todo esto. En Nueva Zelanda este marsupial nocturno es, en efecto, una tremenda plaga. Su población aproximada de setenta millones de ejemplares se propaga como la pólvora tras su introducción por los ingleses en 1873. No cayeron en la cuenta de que carecían de depredador natural que pudiera controlar su veloz proliferación. Naturalmente, entonces, esto les importaba bien poco por cuanto les movía la codicia de hacer negocio despellejándolos – otro motivo, de tantos, por los que el ser humano no se encuentra en el top 10 de mis especies favoritas.

La segunda jornada comenzaría con la visita al glaciar Fox. Nada más cruzar el puente, desde el que parte el camino hacía su mirador, nos encontramos con que está cortado por un desprendimiento del cauce del río por lo que va a tocar caminar. Más adelante, un segundo corte, por igual motivo, nos desviaría por un estrecho sendero, Moraine Walk, que de otro modo seguramente hubiéramos ignorado. Ese paseo nos dejaría absolutamente fascinados por la masiva presencia de grandes helechos y árboles tapizados de musgos y líquenes entre los que discurrían pequeños arroyos, algunos de ellos, inesperadamente, de agua caliente como delataba el vaho que desprendían.

Con frecuencia oímos el sonido de los helicópteros sobrevolando el bosque y desplazando turistas hacia la gran lengua de hielo. A final del recorrido nos aguardaba la vista lejana del glaciar. Allí se mostraba inalcanzable por tierra ante la presencia del gigantesco cauce del río Fox. En los carteles se advertía que bajo ningún concepto debería ser cruzado a pie ante el riesgo de frecuentes e imprevisibles riadas.

De regreso al pueblo decidimos visitar el plácido lago Matheson con el monte Cook buscando asomarse entre las nubes del horizonte.

No mucho más tarde le llegaría el turno al glaciar Franz Josef. Tan solo necesitamos caminar un corto trecho para acceder a la vista de este otro gigante, también distante, y que requería de una hora de caminata por la planicie del valle hasta llegar a la base de su lengua más, lógicamente, otra adicional de regreso. Así que, tras someterlo a votación decidimos no invertir ese precioso tiempo porque teníamos intención de ascender por su lengua, como si hicimos en Islandia, y, desde luego, no queríamos vernos esquivando pósums temerarios por la noche que, una vez más, testaran mis reflejos al volante.

Junto a nuestra posición un cartel mostraba en una foto en blanco y negro como ese glaciar, que ahora veíamos tan al fondo, en 1908 llegaba justo hasta donde teníamos plantados nuestros pies. La culpa venía explícitamente argumentada en él para nuestra vergüenza y asimilación.

El aumento de la población mundial de 1.750.000 habitantes en aquella fecha a los 7.405.000 de 2106, el incremento de la concentración de CO2 de 299 ppm a 405 ppm y la subida del promedio de temperatura global de 13.57 a 14.87 grados eran los detonantes de esta colosal desgracia – otro motivo más para perder el aprecio por la humanidad y relegarla en mi ranking de especies favoritas. Desde la distancia y en silencio contemplamos la silueta de este decadente río de hielo mientras reflexionábamos sobre el tristísimo rumbo que llevamos.

El camino hacia el norte por la costa oeste nos seguirá ofreciendo la película de una naturaleza que lo mismo derrochaba todas las tonalidades de verdes que mostraba preciosos lagos e inmensas playas plagadas de rocas erosionadas asomando sus afiladas siluetas sobre la espuma de  grandes rompientes.

Y así, al atardecer, llegamos al fin del trayecto, Punakaiki,  con el tiempo suficiente para  dejar las maletas en nuestro simpático y alegre hostal y salir a contemplar la puesta de sol junto al mar de Tasmania. Junto a él, un decorado privilegiado. El del capricho geológico de las Pancake Rocks – algo así como las rocas de crepes.

Esta curiosa formación se generó hace 30 millones de años por capas duras y blandas en las que se fueron alternando restos de animales marinos y sedimentos de plantas depositados, en aquel lejanísimo tiempo, a una profundidad de 2 kilómetros bajo la superficie. Allí, serían lentamente compactados por la tremenda presión del agua que terminó por solidificarlos. El resto del trabajo se encargaría de hacerlo la acción sísmica que gradualmente elevaría el terreno hasta exponerlo en las superficie para su posterior cocinado erosivo a cargo de la lluvia ácida, el viento y el agua del mar que terminaron por esculpir estos artísticos pasteles rocosos.

Junto a ellos, el mar también ha perforado las paredes del acantilado generando tremendos agujeros e incluso un gran arco por el que el mar penetra con violencia hasta que, en marea alta, consigue que el agua salga despedida con gran potencia como si de un inmenso géiser se tratase. Todo un espectáculo de luz, texturas y sonido con el que deslizar el telón de un fantástico día más.

La tercera jornada incluía el crucial paso de la isla sur a la del norte a bordo del ferry por lo que abandonamos al alba nuestro pequeño hotel para seguir disfrutando un poco más de la bravía costa, de los bosques, de los frondosos senderos, de los temblequeantes puentes colgantes y de los campos plagados de ovejas, vacas, algunas peludas, caballos y granjas con animales bastante más raros como las llamas y algunos muy coquetos como las cabras encantadas de posar para el objetivo.

En lugares tan solitarios siempre estás expuesto a que sucedan cosas inesperadas. Al detenernos frente a otro de los innumerables lagos no solo se nos acercó una nube de hambrientos mosquitos sino que también lo hizo una bandada de sociables patos que se lanzaron en picado hacia mi PGp en busca de comida. Con ellos estuvimos divirtiéndonos un rato mientras tomábamos fotos y, de paso, donábamos altruistamente sangre a los insaciables chupópteros.

Ya en Picton nos sorprendió agradablemente su colorido puerto pero menos la visión de un inmenso espacio atestado de troncos de árboles apilados que acusaban una explotación forestal realmente importante con consecuencias que se evidenciarían más adelante …

Y como a quien madruga parece ser que la divinidad le ayuda llegamos con bastante antelación al área del ferry para dejar el coche y hacer tiempo hasta la salida cuando nos indican que está a punto de partir uno en ese preciso momento y que podemos subir a él si queríamos. ¡Claro que sí! …

Así, antes de tiempo, iniciamos la tranquila travesía de 92 kilómetros entre los islotes que preceden al estrecho de Cook y en la que tras ponernos morados en el buffet, que nos incluía el billete, aprovechamos para dormir una reparadora siesta en unión del resto de comensales, que aún siendo kiwis en su mayor parte, también parecían ser  bastante hábiles en la práctica de esta sana costumbre española.

Unas tres horas después atracábamos en la capital neozelandesa, Wellington, y, gracias al adelanto, con tiempo suficiente como para dejar las maletas y dar una vuelta por los alrededores de la animada Cuba Street.

Como dato curioso aportar que esta ciudad es antípoda de Alaejos. A muchos esta realidad los dejará exactamente como estaban pero, seguramente, no a los habitantes de este municipio español de Valladolid que viven justo al otro lado de nuestra gran pelota azul.

A la mañana siguiente recorreríamos el puerto de esta bonita y pequeña ciudad plagada de paseos, estatuas y edificios coloniales además del teleférico de Lambton Quay que lleva hasta el jardín botánico que la inoportuna lluvia no nos dejó conocer aunque, al menos, nos libramos de ser azotados por las famosas ráfagas de viento que dan el apodo de Windy Welly a la capital del país.

Nada más comenzar a circular por la más domesticada isla del norte aparecen las autovías y se percibe un tráfico más denso. El paisaje cambia de modo radical para mostrar un suelo que parece enmoquetado de verde y en el que se aprecian la presencia de grandes calvas en las laderas de algunas montañas. De este modo llegan las respuestas a la intrigante imagen de los troncos amontonados por millares en el puerto de Picton.

La naturaleza deja de ser salvaje y ahora se muestra en forma de llanuras y pequeños montes redondeados como cubiertos de una capa de terciopelo. El panorama se vuelve más uniforme y menos sorprendente que el del sur pero igualmente maravilloso.

Unos cientos de kilómetros de pastos después aparcamos en las Cuevas de Waitomo para poder visitarlas in extremis. Allí, coincidimos con el último turno del día formado por un grupo muy reducido de tan solo 8 personas con el que visitar tranquilos esta gruta de nombre maorí: Wai, que no significa ni chulo ni molón sino agua, y Tomo que que en este caso tampoco es la división de un libro sino hoyo.

Nada más penetrar por su boca nos recalcan la prohibición de tomar fotos para no molestar a la fauna y se nos muestra la existencia de algunas estalactitas y estalagmitas en su lentísimo proceso de formación. La decoración del lugar no es especialmente relevante y se nos advierte que tengamos cuidado de por donde ponemos pisamos en el descenso porque el techo gotea y el suelo está resbaladizo. No mucho después un joven, un poco duro de oído y con demasiada prisa por ir el primero, tendría la ocasión de probar en sus costillas la dureza de esta roca calcárea tras protagonizar un sonoro batacazo por las escaleras.

Aquí, inmersa en la oscuridad total, vive una especie ciertamente asombrosa. La Arachnocampa luminosa que, como su nombre anticipa, tiene la capacidad química de lucir y la adicional de cazar como una araña con su peculiar hilo.

El guía nos detiene y nos invita a inspección debajo de un repisa de piedra para intentar localizar alguna. Mientras forzamos inútilmente nuestros globos oculares, en el imposible reto de localizarlas desde esa perspectiva, el experto bromista enciende súbitamente su linterna alumbrando el hueco y se revela lateralmente el techo de la bóveda de la gruta. En un instante quedan al descubierto un sinfín de hilos invisibles que penden en vertical y con los que estos insectos atrapan a sus incautas presas. No se tratan de filamentos frágiles. Están dotados de una eficaz y letal resistencia por la que una distraída cucaracha no conseguirá escapar si toca uno solo de ellos y, por si fuera poco, este increíble insecto tiene la capacidad de producirlos en una longitud de hasta dos metros con los que también capturar insectos voladores.

Seguimos descendiendo hasta llegar a una pequeña barca con la que iniciamos un brevísimo paseo por el río subterráneo inmersos en la más plena ceguera. Al levantar la cabeza me llega una de las visiones más maravillosas que he experimentado en toda mi vida. La bóveda brilla con los cientos de millares de luces que emiten estos diminutos insectos. Sobre ese cielo negro resplandecen como diminutas estrellas. Es algo realmente indescriptible. Por mucho que había leído anteriormente nada de lo escrito hacía mérito a lo que estaba contemplando. En el más absoluto silencio la mandíbula se me descuelga por el asombro. El barquero desplaza con suavidad el bote tirando de las sogas instaladas al efecto para evitar el invasivo ruido de un motor y nos desliza lentamente hasta alcanzar una de las paredes. Ahora puedo ver a la luciérnaga a menos de un palmo luciendo con su intensa fluorescencia turquesa con el insignificante tamaño de la cabeza de un alfiler. Es un momento verdaderamente mágico y de una inusitada belleza para el que tenga el mínimo de sensibilidad preciso para saborearlo. La visión de esa galaxia de juguete tan solo durará unos minutos pero no se nos olvidará de por vida.

Aun impactados por la exhibición llegamos al hotel reservado junto a las cuevas con el tiempo justo de refugiarnos en la noche desapacible para cenar en un curioso pub en el que, contra todo pronóstico, no nos tuvimos que conformar con una triste hamburguesa congelada sino con un jugoso roast beef casero precedido de unos deliciosos mejillones con crema de coco.

Penúltimo día que comienza con un paseo matutino por uno de tantos millares de senderos plagados de helechos y musgo de este país y que caminamos hasta alcanzar el puente natural de piedra de Mangapohue. Un fenómeno natural formado por el colapso del terreno que muestra un enorme arco de 17 metros de altura bajo el que discurre un pequeño río.

Unos cinco kilómetros más allá ruge la catarata Marokopa  que presume de ser la más bella esta tierra.

De regreso una breve parada en una cueva con nombre de salsa picante portuguesa, Piripiri, completa el trío de aperitivos de una jornada que tendrá platos bien fuertes y que será realmente espectacular.

Nada más pasar por Matamata llega el turno para Hobbiton, hemos llegado a la alucinante Comarca.

Si dijera que es un escenario de película no estaría  exagerando ni un ápice porque eso, precisamente, es lo que es. En este lugar se recrea de modo magistral una parte del mundo de fantasía que el archifamoso escritor J.R.R. Tolkien describió en sus novelas  El hobbit y el Señor de los Anillos.

¿Es una turistada?  – Si. 

¿Es cara? … – También.

Pero el que visite Nueva Zelanda y no pare en este lugar habrá cometido un error imperdonable. Habrá dejado escapar una oportunidad de diamante de asombrarse recorriendo este entorno tan artificial como idílico. Un decorado salpicado por las coloridas casas de los hobbits embutidas en los laterales de las colinas que rodean al pequeño estanque de las ranas.

El recorrido por este set de rodaje es tan entrañable como precioso consiguiendo despertar al niño que todos aún deberíamos llevar dentro y más aún si acompaña la fortuna suficiente para que luzca el sol con fuerza. ayudando a resaltar el mayor valor de este colorido escenario de fantasía. El esplendoroso verde de la hierba de una pradera que parece querer engullirlo todo.

A medida que avanzas se  van sucediendo las escenas que recrean la supuesta vida de  esta aldea con sus moradores dedicados a sus labores cotidianas lo que facilita la inmersión en la historia de ficción que se recrea.

La experiencia concluirá en la cantina del pueblo de estos pequeños seres de grandes pies peludos donde podrás restaurar los líquidos perdidos, con una buena jarra repleta de espumeante cerveza suave, fuerte o incluso de la exclusiva, ceroalcohólica y dulzona, de jengibre, sentado en un cómodo butacón de piel frente al acogedor fuego de la chimenea.

Al abandonar el mundo de fantasía de la Comarca compruebas que el real, si le quitas los decorados del set de rodaje, es prácticamente idéntico lo que te confirma que estás dentro de un viaje de un valor y singularidad incomparable a nivel mundial.

Pero como hasta de jamón de Jabugo y de crema pastelera se puede hartar uno … Llegaba la hora de romper con tanto panorama bucólico y pastoril y qué mejor modo de hacerlo que visitando el infernal parque termal de Wai-O-Tapu.

Nada más iniciar el circuito se percibe el característico olor a huevos podridos del azufre mientras el humo escapa de la tierra por todas partes. Los cráteres colapsados,  las fumarolas y las piscinas burbujeando con su hirvientes lodos se hacen protagonistas de un paisaje de tan sólo 900 años de antigüedad convirtiéndolo en un lugar realmente peligroso y hostil.

Pero hasta el horror tiene su cara bella y la paleta de colores se muestra increíble: amarillos, ocres, rojos, rosas o naranjas son muchas de las tonalidades que adornan este parque por el que discurren sulfurosos manantiales de agua hirviendo.

Es un territorio en continuo cambio con cráteres como el del Trueno surgido en 1958, los Tinteros del Diablo formados por pozos de lodo gris oscurecido por el grafito y el petróleo que en épocas pasadas se utilizara para iluminar las lámparas y con escenas tan impactantes como la de la piscina del Champán con su peculiar color naranja cubierta por su gran nube. Todo un efervescente recorrido por un lugar con el nombre  maorí de Agua Sagrada.

De vuelta a Rotorua, donde haríamos noche, había que aprovechar los últimos rayos y que mejor lugar para hacerlo que en Redwood Forest. Un ordenado bosque de altas secuoyas que, en este caso, no son milenarias como las norteamericanas. Aquí, fueron introducidas a comienzos del siglo XX para estudiar la viabilidad de la implantación de árboles exóticos para su explotación maderera y bien que se adaptaron porque tras cumplir tan solo su primer siglo de vida ya alcanzan unos impresionantes 70 metros de altura.

La gran peculiaridad de este lugar es que puede visitarse también por las alturas gracias a un camino circular de puentes de madera que se mimetizan con el entorno extendiéndose suspendidos bajo las puntiagudas copas de los gigantes.

Desde esa altura la observación da un gran giro de perspectiva y se pueden atravesar las grandes y tupidas ramas decoradas con ingeniosas lámparas artesanales de madera que ayudan a crear un ambiente muy especial. Desde los puentes sustentados por  gruesos cables de acero se descubre la espectacular visión de un suelo decorado por enormes y frondosos helechos que, al caer la noche, también reciben el toque de cuento de las luces artificiales de distintos colores.

Es la víspera del día del regreso. Y como mandan los cánones del turista profesional compruebo en el hotel los horarios del vuelo que nos devolverá a casa. ¡Sorpresa! … Se ha adelantado 3 horas por lo que nuestra visita a la península de Coromandel , en la costa noreste, tendrá que ser abortada. Gajes del oficio …

Y llega la sexta y última jornada que, gracias al recorte de última hora de la aerolínea Virgin Australia, quedaría mermada a la visita del Valle volcánico de Waimangu de formación aún más reciente que el de  Wai – O – Tapu al haber venido al mundo tras la violenta erupción de la vertiente norte del Monte Tarawera  en 1886 que arrasó toda presencia de vida vegetal y animal.
Aquí, el agua se muestra más presente que en el recorrido volcánico del día anterior. Una muestra de ello es lago Frying Pan, nacido de la erupción del cráter Echo en 1917 que tras ella se inundaría formando el lago de agua caliente más grande del planeta.
El camino se hace realmente ameno observando toda una serie de fenómenos y recordando otros extintos como el del géiser más descomunal conocido con erupciones de 400 metros de altura y que estuvo activo entre los años 1900 y 1904 , expulsando rocas, sedimentos y agua cada 36 horas hasta que un derrumbe acabó con él para convertirlo en un lago.
Pero aún pueden verse otros muchos tan curiosos como el del lago del Inferno Crater. Un manantial de agua caliente similar a un géiser que no es visible porque se encuentra en el fondo de un humeante lago con un extraño ciclo de 38 días en el que varía su cota de altura hasta en 12 metros. Cuando se encuentra lleno alcanza su máxima temperatura y luce con un distintivo color celeste.
Pero lo que realmente lo hace especial es que mantiene una relación, aún por explicar, con su lago vecino Frying Pan que sigue un ciclo totalmente inverso en sus niveles de agua lo que no sucede en ningún otro sistema hidrotermal del planeta.

El sendero, dividido en tres tramos, finaliza  frente a la inmensa superficie del lago Rotomahana por el que nadan en libertad los cisnes negros.

En el muelle se encuentra atracado y solitario el barco con el que se visita el lago pero estamos en invierno y no parece muy dispuesto a moverse dada la escasa afluencia de visitantes.

Aquí concluiría nuestro último contacto con la formidable naturaleza de Nueva Zelanda cuyos últimos instantes destinamos a una pareja de estos hermosos ejemplares que se dedicaban con paciencia y delicadeza a construir su gran nido.

Ya en el aeropuerto de Auckland dejamos el coche de alquiler, no sin antes darle unas palmaditas  en la chapa en agradecimiento a sus servicios, y saltamos de nuevo al de Brisbane para aproximamos al mostrador de facturación y recibir la … ¡Sorpresa número 2! … El vuelo tendrá un retraso de 3 horas porque un tifón está pasando cerca de nuestro destino y el aeropuerto no estará operativo por un tiempo …

¡A mal tiempo buena cara! … El aeropuerto de Brisbane dispone de unos sofás interminables y de un eficaz Wi-Fi gratuito. En ese mismo instante, Don Rafael Nadal Parera se está batiendo el cobre con Berretini buscando alcanzar la final del U.S. Open. Gracias al megamonstruo de Rafa, que terminará por adjudicarse el torneo, la espera se pasará en un santiamén …
Al llegar a  la capital  de Corea del Sur, Seúl , comprobamos con alegría que el tiempo está completamente calmado lo que nos permite no solo aterrizar sin incidentes sino, también, salir a dar un paseo por un centro salpicado de luces de neón y detenernos en uno de sus múltiples restaurantes caracterizados por las diminutas barbacoas instaladas en el centro de las mesas. Allí, cada comensal se encargará de darle su punto personal al cocinado de la carne y, de paso, se perfumará con un sutil toque de ahumado de carbón …
Tras un largo viaje de tres semanas sería complicado pronunciarse por la experiencia más destacada entre las vividas. Cada lugar tiene su encanto especial y su enseñanza de crecimiento a nivel personal. Lo vivido en Nueva Zelanda dejará una huella profunda como pocas.
En esta visita ya sabíamos que íbamos muy cortos de tiempo para un destino en el que  los visitantes suelen invertir una media de tres semanas pero las obligaciones no suelen dejar demasiado espacio al ocio. Pero, a pesar de todo y gracias a que el clima nos acompañó ayudándonos a exprimir a conciencia el limón de esta extraordinaria vivencia, la sensación final solo podría describirla como plena.
Mes sobrarían dedos en la mano para contar los países visitados que pudieran estar a la altura de ofrecer una experiencia natural tan intensa y diversa como la gozada, a pleno pulmón, por la gloriosa tierra de los kiwis donde la naturaleza aún permanece liberada.

Dedicatoria: En esta ocasión irá dirigida a todos los pósums de Nueva Zelanda  que no tienen ninguna culpa de carecer de depredadores que se encarguen de devorarlos como tampoco tienen que arrepentirse de su gran dedicación a la práctica del amor libre.

Espero y deseo que el gobierno encuentre para ellos una solución mejor que la de ser tristemente masacrados.

Puedes seguir mis publicaciones en Instagram @izenkai


Esta crónica es la tercera parte de una trilogía que se completa con el breve recorrido australiano y el más profundo de Islas Salomón y cuyos enlaces añado a continuación por si alguno se anima a repetir esta experiencia y considera la posibilidad de hacer cualquiera de esas otras extensiones :

Enlace a la primera parte de la trilogía: Brisbane y Sidney (Australia): Un intenso paseo relámpago por la Costa Este.

Enlace a la segunda parte de la trilogía: Munda (Islas Salomón): Por el pasadizo secreto hacia el reino de Neptuno


 

 

 

 

 

 

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