Golfo de Áqaba (Jordania): Disparando en el museo submarino del Reino Hachemita

Próximo a la tierra prometida un avión de pasajeros yace entre las brumas del azul marino y un gran navío dormita en lo profundo a salvo de las llamas que un día lo abrasaron. No muy lejos… las máquinas de la guerra descansan en formación al servicio de la vida. El polvoriento viento del desierto sopla fiero despeinando a las palmeras mientras los súbditos de Neptuno nadan tranquilos en las mansas aguas del Golfo de Áqaba.

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Nuestros viajes de buceo acostumbran a ir precedidos de una laboriosa planificación centrada en dejar el mínimo espacio posible al azar y en marcar señalar los ambiciosos objetivos que nos llevan a los buzos hasta los territorios más remotos del planeta. En otras ocasiones todo resulta más simple porque tan solo se trata de visitar un destino placentero al que las grandes sorpresas no suelen acudir y, las menos, bucear resulta un mero complemento a un recorrido por tierra que se prevé espectacular y al que se suman las inmersiones por mera afición o vicio según se quiera ver…

La visita al Golfo de Áqaba o de Eliat pertenecía a este último grupo y con esa intención nos propusimos aletear sin excesivas expectativas entre la península del Sinaí y la arábiga desde donde, en un día claro, se podrían alcanzar con la vista hasta cuatro naciones: Israel, Arabia Saudita, Egipto y Jordania, el país elegido.

Llegada temprana a Ammán para recoger el coche de alquiler y, sin más, dirigirnos hacia el sur con parada obligada y fugaz en el Mar Muerto, el enclave más bajo de la tierra situado a más de 400 metros por debajo el nivel del mar. Por el camino vamos sopesando desde donde acceder a sus aguas, intentando evitar el pago abusivo que los hoteles te imponen para permitirte el paso y facilitarte los imprescindibles medios para deshacerte de la sal.

Dejando a la intuición hacer su trabajo damos con un mirador junto al que asoma un chiringuito con dos grandes mangueras lanzando agua sin cesar y nos decidimos a detenernos. Sentados allí, relajamos la vista contemplando la belleza de la gran masa azul mientras degustamos un té recién hecho por los jóvenes dueños mientras calculamos en el modo de acceder a nuestro objetivo. Concluido el momento contemplativo optamos por sacar los escarpines de la maleta y descender por la escarpada y resbaladiza ladera del talud. Un par de minutos después ya estamos flotando como corchos en las aguas tibias y embadurnándonos con sus mundialmente conocidos lodos.

Alejados de la turistificación y en aquella serena inmensidad, rodamos por la superficie como pelotas atacados por la risa que nos produce sentir la resistencia invencible de una lámina del agua que impide hundirse a nuestros cuerpos. En la orilla millares de cristales de sal están reluciendo iluminados por los rayos de un claro sol de justicia. Toda una experiencia tan única como divertida pero breve al no resultar nada aconsejable dilatarla más allá de los quince minutos a riesgo de terminar como un arenque en salmuera porque en este extraño mar, que cada vez se hace más pequeño, la concentración salina es diez veces superior a la del resto de mares y océanos que, ya de por sí, te ponen los ojitos colorados cuando los abres en su interior. Hacerlo aquí sería una auténtica gozada para un faquir o para un masoquista pero para el resto de los mortales resultaría una locura dolorosamente abrasadora.

Tras una refrescante y rápida ducha desalinizadora nos despedimos de los chicos que amablemente nos habían custodiado el coche y proseguimos la plácida conducción por la carretera paralela al mar que terminaría por ceder el paso a la extensa llanura de un desierto salpicado de enormes montañas. Un imponente escenario donde el ocre se obstinaba en invadirlo todo hasta que, centenares de badenes y algún que otro camello autoestopista después, alcanzamos nuestro destino, la árida Áqaba.

Suelta de maletas en el hotel y rápida búsqueda de un agradable restaurante para la primera toma de contacto con la rica gastronomía jordana regada, como no, con una gran cerveza Petra helada, un lujo realmente complicado de conseguir por estos lares y, sin más dilación, visita preparatoria al centro de buceo donde ya habíamos quedado para concretar el plan de ataque de la jornada siguiente.

Tras una extensa búsqueda previa, Red Coral Dive Center resultaría, finalmente, el elegido para tres días de inmersiones dobles hasta completar la modesta media docena. Habitualmente solemos huir de los centros grandes e impersonales donde, independientemente de la calidad y el trato, el servicio cotidiano suele ser más de menú del día que a la carta y, en esta ocasión, no nos equivocamos. Un local muy pequeño y modesto pero con todo su material impecable, con un atención excelente y una dedicación al cliente realmente difícil de superar. De ellos tan solo puedo hablar bondades porque todas las peticiones nos fueron concedidas y no escatimaron esfuerzos desde el principio hasta el detalle final de endulzar nuestros equipos antes de partir hacia el fascinante desierto de Wadi Rum y su techo atestado de estrellas.

En la primera jornada nos plantamos en la playa para partir de infantería, lo más común en esta zona dada la cercanía de casi todos los puntos de inmersión a la costa. Unos metros, unos pedruscos y unas algas más allá nos aguadaban Rainbow Reef y Japanese Gardens para mostrarnos sus corales que si bien no alcanzaban el esplendor de los que habitan al final de golfo en el popular y masificado Mar Rojo, nada más pasar el estrecho de Tiran, si que brindaban un nivel más que digno para disfrutar de unas inmersiones placenteras, alejados de las molestas multitudes y acompañados de peces cofre, globo y payasos protegidos por sus inseparables aliadas, las anémonas.

Pero la auténtica protagonista de este día inaugural no sería la vida sino un herrumbroso objeto inanimado. Un gigante de hierro acostado sobre la arena, el pecio Cedar Pride, que curiosamente fue construido en España, concretamente en Gijón en 1964, y que navegó como barco mercante hasta 1982 fecha en la que sucumbiría pasto de las llamas quedando reducido a una masa flotante hasta que al iluminado Abdullah II, rey de Jordania y hombre rana, se le ocurrió la provechosa idea de hundirlo tres años después para convertirlo en un buceable arrecife artificial.

Una gran mole, de 75 metros eslora y 11 de manga, que recorrimos, sin prisas, escudriñando sus bodegas para admirar sus contraluces. La primera agradable sorpresa había llegado para darle cierto brillo a ese destino que presumíamos más bien gris.

Sale el sol de la segunda mañana en el Reino Hachemita y, junto con nuestra guía sudafricana, llegamos al puerto para embarcar en el Alrayes 1, un cómodo y amplio barco desde el que, con un simple y estiloso paso de gigante, descenderemos hacia el Lockheed L-1011 Tristar, un gran pájaro blanco de acero que remontó el vuelo por vez primera en 1983 hasta que en 2019 dio por concluidos sus viajes entre las nubes para ser sumergido junto al Museo Militar Subacuático de Áqaba con el objetivo de dedicarse a albergar la vida marina y fomentar el turismo.

A medida que nos acercamos la bruma acaba por disiparse y comienza a mostrarse su gran envergadura que se va haciendo más y más nítida. Inesperadamente, comienzan a llegarme sensaciones inesperadas al sobrevolarlo desde una desacostumbrada perspectiva desde la que mi cerebro nunca antes había podido contemplado una aeronave de este porte.

Nada más atravesar la puerta de embarque. lejos de encontrarnos con sonrientes y bellas azafatas, observamos la presencia de un señor muy delgado que, ajeno a cualquier tipo de protocolo, nos recibe sentando en el retrete. No tiene muy buen aspecto y se encuentra acompañado por un pez globo. Entre sus manos sostiene un cartelito en el que nos aconseja que nos coloquemos los cinturones. Haciendo caso omiso a su petición nos dirigimos hacia la cabina para después comenzar a recorrer lentamente el largo pasillo donde se extienden, con un cierto aire fantasmagórico, las hileras de asientos vacíos tan solo iluminados por la tenue luz que penetra por las ventanillas. La sensación resulta algo extraña por la especial tristeza de la atmósfera que se percibe dentro de una máquina que acostumbramos a visitar con escaso espacio y repleta de bulliciosas personas y que, aquí, en lo profundo, se muestra solitaria, inundada y devorada por el deterioro propio del abrazo del mar.

Desde aquel tétrico decorado, que, como lo hiciese el anterior pecio, vuelve a salpimentar nuestro viaje, pasamos a una inmersión de aires más alegres en Power Station para reencontrarnos con los omnipresentes corales repollo, los inquietos payasos y los pequeños anthias alegrando con sus colores el arrecife hasta terminamos por ascender y regresar al barco para tras una buena ducha de agua caliente reponer fuerzas con un completo almuerzo antes de retornar a puerto.

El tiempo de las burbujas se aproximaba a su fin pero, como suele ser habitual en el último día, nos aguardaba el plato más fuerte, el de la visita al primer museo militar sumergido del mundo inaugurado, a finales de julio de 2019, para activar económicamente la zona y ayudar a la proliferación de la fauna marina gracias a la colocación de unos arrecifes artificiales realmente peculiares, unos 20 vehículos militares fabricados en Inglaterra, Estados Unidos y Sudáfrica y utilizados por el ejército jordano hasta el año 2000.

Allí, se encuentran todos ellos sumergidos imitando una formación táctica de combate compuesta por un jeep Willis MB, un vehículo blindado FV701 Ferrets, cinco carros armados, dos tanques ligeros FV101 Scorpion, un carro FV103 Spartan, un tanque Chieftain que en su día se vanaglorió de tener el cañón y la coraza más potente del mundo, un Ratel-20 destinado al transporte de una docena de soldados, dos vehículos antiaéreos M42 Duster y, a mayor profundidad, la grúa, la ambulancia armada FV104 Samaritan, el cañón MI 155 mm y dos espectaculares helicópteros de ataque Bell AH-IF Cobra. Toda una delicia para los amantes empedernidos de los hierros oxidados siempre dispuestos a recorrer el globo terráqueo en busca de los pecios más interesantes y singulares.

Al bajar del coche comprobamos que el viento sopla fuerte levantando el polvo de un desierto que avanza hasta la costa. A, diferencia de otros lugares donde, muy probablemente, acabaría rizando el mar e impidiéndonos alcanzar los puntos de buceo, aquí parece carecer del espacio suficiente para poder agitar la masa de agua. Arrecia y, por momentos, parece que las palmeras vayan a perder su verde y agitada cabellera mientras nos estamos equipando. Unos metros más allá, divisamos a los bañistas que, totalmente vestidos, se refrescan en el agua con sus grandes flotadores de colores. Los gritos y las risas de los niños resuenan en la orilla y, al acercarnos, nos saludan en inglés al contemplarnos vestidos de hombres/mujeres rana poco antes de que desaparezcamos bajo las diminutas olas.

Aún aletargado por los efectos de la reclusión impuesta al mundo por el infame COVID debo confesar que no me documenté lo suficiente sobre esta inmersión lo que, como casi todo, tuvo su lado bueno y su lado malo. El negativo fue que de haberlo sabido hubiera bajado con un arsenal de luz mucho más potente para iluminar tantos interesantes objetivos. El positivo fue que, nada más iniciar la inmersión, me sentí como un goloso empedernido en medio de una pastelería rebosante de dulces tentaciones. No tarde en asimilar que estaba frente a un gran espectáculo y mi instinto cazador de instantáneas se activó en su modo de alerta depredadora máxima.

Quienes me hayan leído antes sabrán que los fotosubs solemos ser seres extraños dentro de la especie, ya de por sí, rara de los pseudoanfibios humanos. Con tan solo percibir la presencia de un hallazgo altamente fotografiable nos transformamos como el hombre lobo o Bruce Banner en el increíble Hulk y al hacerlo, entramos en un estado de aislamiento del resto del universo conocido e incluso de algunos paralelos. Y, así me sucedió, una vez más, al ver aparecer un vehículo tras otro a cada cual más interesante y que, en silencio, parecían gritarme que les buscase la luz más agradecida y la perspectiva más interesante por lo que comencé a martirizar a mi Pepito Grillo personal (PGp), y altruista modelo, dirigiéndola con mis gestos y con nuestro rudimentario sistema de vociferación subacuática intentando dar color y movimiento a las estatuas de acero acorazado.

Tan solo han pasado 2 años desde el hundimiento de esta tribu de belicosos pecios pero el mar es implacable y ya evidencian el castigo sobre sus superficies al tiempo que las incipientes muestras de vida también comienzan a aferrarse a ellos lenta e inexorablemente.

Pero, aun estando poseídos por el inquieto espíritu de la fotografía submarina, todavía pudimos encontrar unos pedacitos de tiempo para dedicarlos a comportarnos como niños y sucumbir a la infantil tentación de subirnos a las máquinas de guerra para jugar a soldados y enfermeras.

Al final del recorrido, en lo más profundo, aguardaban las dos guindas más sabrosas de tan exquisito pastel, el par de estilizados helicópteros de combate pero… ¡Cuidado…! porque, como la apetitosa manzana de la incauta Blancanieves, estas también estaban bien envenenadas.

Los pesados abejorros de despegue vertical se encontraban posados en la zona más profunda que sobrepasa los 28 metros y ahí la deco no perdona si ya hiciste antes otro buceo profundo… y menos aun cuando te encuentras abstraído en el mundo de la felicidad ametrallando con la cámara a discreción y viendo potenciada tu euforia por el incipiente efecto de la artera narcosis.

El guía hace largo tiempo que está buceando en una cota superior y señalándonos su ordenador mientras nosotros, haciéndonos los distraídos, continuamos apurando nuestros últimos minutos en el fondo como escolares corriendo por el patio del recreo respirando aire fresco pero que, en nuestro caso, se convertía en acumulación de más nitrógeno del debido. Al comenzar el ascenso la computadora me da un bofetón que me devuelve a la cruda realidad al marcarme 16 minutos de parada obligatoria. Mi PGp va por delante señalándome, probablemente bajo la euforia del gas, que su ordenador se ha vuelto loco pero no…. somos nosotros los inconscientes pecadores y a los que les va tocar pagar, si o si, una penosa penitencia…

Rápidamente la agarro por la aleta y miro la pantalla de su Suunto D6 para comprobar que la suya va a ser aún peor, 19 minutos. Así que paso al sistema de gesticulaciónsub y vociferación submarina y le hago comprender lo que sucede. El guía nos observa, probablemente, partido de la risa que le tapa el regulador a la vez que preocupado en la distancia y le hago una señal tranquilizadora. Juntos, comenzamos a desaturar a 4 metros levitando a escasos centímetros del fondo arenoso, controlando nuestra reserva de aire y oyendo pasar, sobre nuestras cabezas, embarcaciones arañando la superficie con sus ruidosas y peligrosas hélices.

Un tiempo que transcurrirá tedioso hasta que, por fin, acabamos por purgar todas nuestras culpas y, ya libres de todo mal, regresaremos a la superficie para despojarnos de nuestros neoprenos y retornar una vez más a nuestro estado inicial de simples y grávidos humanos.

Ahora sí, el reino de Neptuno cerraba de nuevo sus grandiosas puertas, tocaba recoger las maletas en el hotel y regresar a las instalaciones de Red Coral Dive Center para hacer lo propio con nuestro equipo ya lavado y secado al sol. Allí, nos despediríamos de nuestros anfitriones agradeciéndoles su enorme amabilidad.

Al girar la llave y arrancar el coche emprendíamos un nuevo camino a la vez que desconectábamos definitivamente con la grata experiencia de bucear en Áqaba. Un destino que pudimos comprobar que no estaba pintado del anodino gris y que, desde el primer día, consiguió encandilarnos con los variados y vibrantes colores de sus inmersiones tan singulares como novedosas.

A tan solo una hora de camino nos aguardaba el espectacular desierto de Wadi Rum y los hospitalarios beduinos en su campamento entre las dunas y, un poco más allá… la colosal Petra, el desafiante barranquismo en por las rápidas corrientes de los estrechos desfiladeros inundados de Wadi Mujib, el histórico lugar del bautismo de Jesucristo en el río Jordán, el monte Nebo desde donde divisar la tierra prometida que le fue negada a Moisés, los vestigios de castillos y fortificaciones, los milenarios y detallados mosaicos de Madaba, la bulliciosa y caótica capital Ammán, el imponente conjunto arqueológico de las ruinas romanas de Jerash y, en el viaje de vuelta a casa, a miles de metros de altura, también me esperaba dubitativa la siniestra aguafiestas de la guadaña… pero, todas esas… son otras historias…

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Dedicatoria: A diferencia de otros viajes en los que la decisión me ha resultado más compleja, en este resulta clara e irá destinada al centro de buceo Red Coral Dive Center pequeño y humilde pero con unos precios muy asequibles, modélicamente gestionado, con todo su material impecable y que, desde la primera toma de contacto, nos hicieron fácil lo que con otros resulta tanto. Un equipo realmente amable, eficaz y competente que en todo momento se esforzó porque obtuviésemos el mejor disfrute en nuestra visita. Un especial y afectuoso agradecimiento para nuestros dos guías: la simpática sudafricana Christie y el egipcio de nombre hispano, Carlos, que no escatimaron esfuerzos para enseñarnos en privado lo mejor de los excitantes fondos del tranquilo Golfo de Áqaba.

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