La Seguridad: El billete de regreso

 

Anoche me llegó un preocupante Whatsapp desde Truk Lagoon (Micronesia). Un amigo, compañero asiduo de aventuras, me comunicaba que un buzo de su grupo había desaparecido durante la penetración en un pecio no demasiado complicado y que llevaban un día sin hacer ninguna inmersión mientras se realizaban las labores de búsqueda.

Tendemos a pensar que las desgracias solo se ceban en los demás pero la realidad es que siempre están danzando macabramente alrededor de todos sin excepción. Ese buzo perdido bien pudiera ser cualquiera de nosotros, aún más, si nos ponemos en las frágiles manos del descuido o de la temeridad y que arroje la primera piedra el que crea estar libre de pecado. Yo, desde luego, no lo estoy …

Es por esto que decidí añadir este capítulo sobre la importancia de la seguridad en el buceo y que, como dije, nada tiene que ver con la perspectiva didáctica de reproducir conceptos al alcance de todos en cualquiera en textos especializados o en la red. Aquí, estará basado en la experiencia personal que reproduciré con una selección de once situaciones en las que mi integridad o la de algún compañero se vio comprometida haciendo saltar las alarmas y dejándome claros mensajes que recordar en el futuro.

No están organizadas ni pretenden abarcar en modo alguno la materia. Tan solo son pedacitos de tiempo aislados que desentierro para invitar a la reflexión y ayudar a evitar un trago amargo para el que se le diera el caso y, sobre todo, a para refrescar la idea de que nunca debemos dejarnos llevar por el descuido o la temeridad.

1. No tientes a la suerte con nocturnidad en el laberinto.

Mar Rojo Norte (Egipto). Pecio SS Thistlergorm. Acabo de embarcarme en el primer crucero de buceo vida a bordo de mi vida anfibia. El destino más clásico para los europeos a la hora de acceder a este primer tipo de experiencia, algo de lo que por aquellas fechas andaba escaso. Lugar bueno, bonito y barato sin un mar especialmente complicado de aguas claras y con uno de los barcos hundidos más famosos del mundo reposando en su fondo.

Un grupo de cuatro buzos más el guía descendemos para hacer una nocturna. Tras una primera penetración por el interior de la estructura del gigante salimos para volver a entrar a continuación por una estrecha ventana del costado de estribor del barco. Primero pasará el guía, y después, le irán siguiendo uno a uno, los tres buzos que me preceden. Al tocar mi turno me topo con una cabeza de frente que, como en un parto surrealista, ha asomado repentinamente. Es un buzo que viene saliendo del pecio y educadamente lo dejo pasar. ¡Craso error número 1!. Después del primero vendría un tren con once vagones más hasta completar la docena y que irán saliendo parsimoniosamente ante mi más absoluta desesperación.

Una vez que, por fin, se despeja la entrada me introduzco esperando ver a los otros cuatro compañeros esperándome. Pero no hay rastro alguno de ellos aunque si queda, para complicar las cosas, la turbulencia generada por el sedimento que se ha removido tras el paso del tren. Mal vamos …

En lugar de volverme por donde había venido y abortar la inmersión ascendiendo a superficie, que es lo que procedía, me pueden las ganas y me decido a entrar en busca de mis despreocupados compañeros y del irresponsable guía. ¡Craso error número 2!.

A medida que voy avanzando intento ir memorizando la ruta de vuelta, lo que para un Rescue Diver con 54 inmersiones, prácticamente un novato, era algo bien difícil y enormemente arriesgado aunque entonces mi inexperiencia me ayudaba a que no me lo pareciese tanto.

A intervalos voy apagando la luz de mi linterna para quedarme a oscuras e intentar  localizar otra hacia la que poder dirigirme. No ha pasado mucho tiempo desde que estoy dentro pero ya he atravesado varias dependencias con lo que me estoy complicando bastante más de la cuenta hasta que al penetrar en una nueva estancia y tapar con la mano el foco compruebo la existencia de un esperanzador resplandor cercano al que me dirijo para comprobar que, en efecto, son los miembros de mi grupo. Al llegar a ellos me ignoran totalmente con lo que compruebo la triste realidad de que ninguno se había percatado de mi ausencia, ni siquiera el guía ni el compañero que me habían asignado. La alegría del reencuentro me hace perdonarlos de modo inmediato a la vez que reflexiono sobre la locura que puedo haber cometido al jugar a la ruleta rusa en las laberínticas entrañas de un pecio de esas enormes dimensiones y de noche. Un simple fallo de la linterna me hubiese dejado dentro de la trampa con escasas o nulas probabilidades de encontrar una escapatoria a ciegas.

Bucear sin compañero incrementa exponencialmente el riesgo de accidente en caso de que aparezcan los problemas. Penetrar en un pecio desconocido, sin un guía, sin los conocimientos adecuados y sin la planificación previa, es un riesgo inaceptable e inmensamente mayor durante una inmersión nocturna. No abortar la inmersión fue una decisión  indiscutiblemente temeraria. ¡Mal hecho!

2. Bajo el agua no siempre todo es como parece.

Sipadan (Malasia). El acceso diario a este lugar se encontraba restringido a 200 buzos para proteger este espectacular parque marino del evidente impacto de nuestra actividad. Los centros de buceo tan solo podían acceder con sus cuotas y en turnos de cada tres días. Así, que el nuestro aprovechaba su oportunidad para sacar el máximo rendimiento saliendo desde la isla vecina de Mabul de madrugada, sobre las 04:00 horas para exprimir el limón de la jornada al máximo y hacer cinco inmersiones sucesivas con las que dejar a los clientes bien satisfechos.

Por aquel entonces mi evolución como anfibio aun estaba en una fase bastante temprana, aún cuando la titulación de Rescue Diver alumbrase con aparente brillo mi esquelético curriculum. Ahora, afrontaba la quinta inmersión del día acusando ya un evidente cansancio incrementado por el hecho de no haber utilizado nitrox.

En un momento dado me distraigo perdiendo de vista al resto por lo que sigo el rumbo que llevaba hasta que me parece distinguir difusamente a mi compañera en la lejanía yéndose cada vez más y más profundo y acelero el aleteo para alcanzarla. Acuciado por la prisa no miro el ordenador para ir comprobando la profundidad. ¡Craso error número 1!. A medida que voy bajando comienzo a notar una sensación de sopor y de frustración al no poder llegar hasta ella mientras que cada vez voy descendiendo más y más obcecado y angustiado por no poder localizarla.

A lo lejos, oigo un insistente sonido que ignoro cegado en el empeño de encontrarla, ¡Craso error número 2! y, muy probablemente, afectado por la narcosis, sigo bajando sin parar mientras el repiqueteo cada vez se oye más débil aunque más y más insistente. La somnolencia va ralentizando mis reacciones y volviendo mis ideas pastosas hasta que, afortunadamente, termino por alzar la cabeza. En la lejanía distingo difusamente al guía haciendo aspavientos y también las inconfundibles aletas azules y trasparentes de mi compañera. Al verlos ceso de inmediato mi ilusoria persecución de rescate tan inútil como peligrosa. A medida que asciendo la borrachera de la narcosis comienza a diluirse dejando a mis neuronas elucubrar sobre lo cerca que he estado de sucumbir ante ella.

La increíble visibilidad de estas aguas me ha echado un buen cabo en un entorno de menor visibilidad el problema podría haber sido muy grave.  El guía no habría salido en mi ayuda si me hubiese ido a 70 u 80 metros con la cabeza ida. A buen seguro que ni se hubiese planteado bajar para exponer su propia seguridad en una situación tan extrema y habría hecho lo correcto. Controlar la reserva de aire, la profundidad y al compañero es esencial. Tener siempre en cuenta y prever la aparición de la narcosis puede ser vital.

3. La botella de buceo, esa gran arma desconocida.

Mar Rojo Norte (Egipto).  Crucero vida a bordo y salida hacia la primera inmersión con los componentes del grupo ya montados en la embarcación neumática. Llega el momento de alto voltaje de lanzarse al agua rodando hacia atrás. En el briefing ha quedado claro que nos lanzaríamos a la de tres y tras el conteo todos lo hacen.

-¿Todos?

– Bueno … Casi todos …

La chica encargada de hacer los vídeos para el barco se ha lanzado a la de cuatro, ¡Craso error! y ha impactado con su botella en la frente de otra buza vasca que ha comenzado a sangrar en abundancia por la herida.

Ya a bordo del barco mi Pepito Grillo personal (PGp), se encargaría de remendarle la brecha y decorarla con un apósito bien aparente que luciría durante toda la travesía. La cosa no iría a más, afortunadamente, pero los buceos para la involuntaria víctima de la imprudente videógrafa habían concluido y reducidos de los 20 inicialmente previstos a tan solo uno en grado de tentativa.

No solo hay que saber contar también hay que tener el sentido común de no despistarte en un momento tan delicado y, más aún, si eres un miembro de la tripulación a los que tampoco hay que concederles, jamás, confianza plena porque errar es humano.

Mar Rojo Sur (Egipto). Día de mar movido. Esta zona suele ser menos tranquila que la norte. Estamos equipándonos sentados al tiempo que el barco se balancea considerablemente por lo que hay que extremar la precaución. Uno de los buzos se ha puesto de pie para introducir las piernas en su traje. ¡Craso error!. No tardará en desequilibrarse con un golpe de mar y caer de cabeza sobre la dura grifería de una de las botellas para abrirse la frente. Poco después será traslado al servicio médico de la costa para el remiendo de rigor. Su tiempo de hacer burbujas ha terminado pero, al menos, conserva la cabeza en su sitio.

Si el barco se mueve más de la cuenta extrema la precaución porque cualquier tanque puede caer, se acrecienta el riesgo de resbalarte o peor aún de caer al agua sin que nadie lo advierta. Si te estás equipando quédate sentado o lo más cerca del suelo porque más pequeña será la caída.

También he visto impactar en varias ocasiones a otros buzos, pero sin mayores consecuencias, a bordo de embarcaciones neumáticas del tipo de las que transportan las botellas alineadas en posición vertical en el centro. Cuando el mar está bravo y se bota demasiado lo mejor es ir bien agarrado en todo momento a las cuerdas de la borda y con los pies, bien firmes, dentro de las cintas de seguridad del suelo si las hubiera.

Aliwal Shoal (Sudáfrica). Una joven buza suiza, que ya viene apuntando maneras en inmersiones anteriores, se ha sentado una vez más a mi izquierda y me temo lo peor. Tras terminar de equiparnos, comienza el escalofriante conteo ascendente. Aquí será de 1, 2, 3 ¡¡Go!!

Con los pelos como escarpias ruedo hacia atrás simultáneamente con mi PGp, situada a mi derecha, pero sin desviar, ni un precioso nanosegundo, la mirada de la silueta de la compatriota del gran Roger Federer. Al contactar con el agua, justo milésimas antes de sumergirme por la inercia de la caída, advierto que la helvética aún permanece sentada sobre la borda e iniciando en ese momento su movimiento a la de 6. ¡Craso error!

Malo, muy malo, porque la corriente ya me ha puesto justo debajo de la zona donde irremediablemente irá a parar. El golpe es inevitable pero hombre rana precavido vale por varios y me giro totalmente para que sean ambos tanques los que reciban el impacto que, en efecto, llega y acrecentado por los 178 centímetros de talla de esta mujer que, por fortuna, el agua se encarga eficazmente de amortiguar. ¡Por los pelos! …

Jamás pierdas de vista tus flancos a la hora de rodar hacia atrás y protégete bien la cabeza si no quieres acabar en las expertas manos cosedoras de mi PGp – si es que está por allí para zurcirte la brecha altruistamente.

4. Viajar rápido es genial, pero depende por donde.

La Paz (México). Isla Ballena. Arrecife rocoso con grietas y cuevas. El mal tiempo nos impide llegar hasta Los Islotes para jugar con los traviesos lobos marinos por lo que paramos a hacer esta inmersión improvisada con la intención de cruzar por el estrecho túnel que el mar ha conseguido horadar, tras muchos años, debajo de una gran formación rocosa y siempre que la corriente nos lo permita. Nada más lanzarnos, comprobamos que el mar de fondo es realmente fuerte. El guía hace el gesto convenido para indicarnos que es imposible entrar en la cueva. Sería un suicidio penetrar en el largo pasadizo en esas condiciones donde rebotaríamos contra las paredes como frágiles huevos que terminarían revueltos.

Tras un rato de pasear jugando con la corriente por el arrecife, percibimos como esta se va intensificando e intentamos guarecernos de ella con la habitual maniobra de pegarnos al fondo. Paulatinamente, nos vamos aproximando a una esquina o corner donde comienzo a percibir que el mar de fondo está generando un movimiento cada vez más evidente que nos está atrapando en el interior de una estrecha grieta existente entre las rocas del fondo por la que, hasta entonces, nos sentíamos protegidos. Percibo con claridad como el flujo de agua incrementa su empuje tirando de mi un par de metros hacia adelante para después alejarme a esa misma distancia en dirección contraria. No me gusta nada porque este efecto va en aumento acercándome al límite de no poder gobernar el desplazamiento y acabar chocando contra las sólidas paredes por lo que decido salir de este problemático pasillo elevando la cota y alejándome de las amenazantes aristas de piedra. Mi PGp me sigue. Pocos metros después y al girar la esquina, ya libre de la influencia de la masa de agua, veo al guía esperándonos.

Por debajo de nosotros, a unos 10 metros de distancia, viene una compañera que aun continúa embutida en el pasillo luchando descompuesta con todo lo que tiene para alcanzar la esquinar. Pensando que bucea por el sitio más adecuado en realidad no la hace, está dentro de una trampa. ¡Craso error!. Veo como al acercarse a duras penas y sin control al corner la corriente la atrae unos pocos metros para después lanzarla hacia atrás con la fuerza con la que un tirachinas dispararía su proyectil. En tan solo un par de segundos ha retrocedido más de 20 metros como una marioneta empujada súbitamente por la brutal fuerza de la columna de agua y lo ha hecho increíblemente a tan solo un palmo de suelo y de las paredes. Cualquier impacto a esa velocidad con un saliente hubiera podido hacerle un gran corte, romperle un hueso o algo peor. Hay días que te toca la lotería y otros salvarte de milagro. Al vernos asciende hasta nuestra cota aparentando que no ha pasado nada pero si que ha pasado. Ha vuelto a nacer …

Las corrientes y el mar de fondo nunca deben ser tratadas a la ligera. Muchas veces una trayectoria perpendicular a su dirección nos hará escapar de ellas. No saber entenderlas, luchar una batalla perdida o exponerse a algo que no puedes dominar es un riesgo inasumible. Abortar la inmersión en condiciones que no se saben o no se pueden gobernar es lo más inteligente.

5. Siempre es mejor perder algo de tacto que ambas manos.

Santa Cruz. Islas Galápagos (Ecuador). He llegado a Gordon Rocks sin mi PGp que se tuvo que quedar en España por un problema de última hora. Al llegar comprobamos que el agua está efervesciendo por lo que por abajo tiene que estar la cosa bastante agitada pero los 90 minutos invertidos en la agitada travesía y el afán de ver tiburones martillos me pueden y me decido a bajar con el guía.

Al llegar junto a uno de los famosos pináculos de este punto de buceo la corriente es fortísima. La cúspide de la roca puntiaguda está plagada de docenas de mejillones y no queda otra que agarrarse para evitar que nos despida fuera del arrecife para llevarnos hasta el infinito y más allá.

En aquella época, por problemas burocráticos, tan solo un centro de buceo tenía licencia para sacar a bucear a sus clientes por lo que su agenda estaba permanentemente llena. El resto, igualmente, lo hacían pero en modo pirata, con muy pocos buzos y con recursos muy limitados por lo que, en esas precarias circunstancias y en el alejado lugar en el que nos encontrábamos, el riesgo de perderse no era algo descabellado y la posibilidades de que la empresa bucanera avisara a las autoridades para poner en marcha un rescate bastante peregrinas.  Así que, en lugar de a un clavo ardiendo, me agarré, a los afilados moluscos bivalvos con mis guantes nuevecitos hasta que la corriente, por fin, aflojó algo permitiéndome abandonar el lugar con ciertas garantías.

Los guantes quedaron destrozados pero no quedé a la deriva, conservé mi manos intactas y jamás los dejo atrás por mucho calor que haga. ¡Bien hecho!

Algo que aún no he alcanzado a entender es el motivo por el que en algunos parques marinos se prohíbe a los buzos llevar guantes para evitar que dañen el coral agarrándose a él pero poniéndolos en grave riesgo de seguridad al quedar desprotegidos con las manos desnudas ante una eventual situación de emergencia. Por el contrario, ninguno impide el uso de las aletas cuando los más torpes o desconsiderados producen un daño infinitamente superior con ellas.

6. Si el cuerpo no está para fiestas mejor deja que bailen otros.

Portimao (Portugal). El atlántico en invierno puede llegar a resultar bien exigente. Nada más llegar a nuestro destino observamos un mar bastante picado pero como, previamente, nos habíamos dado un gran madrugón y recorrido una considerable distancia por carretera con la intención de bautizar a mi nueva recién llegada al mundo persistimos en celebrar tal ceremonia.

El centro elegido, había abierto sus puertas expresamente por el evento bautismal, e intentado reunir a más clientes aprovechando la ocasión pero al llegar nos informan que los tres portugueses que iban a acompañarnos se lo habían pensado mejor y, como buenos conocedores del lugar, habían decidido quedarse a dormir calentitos tan ricamente en sus camas. En compensación de la deserción, un compatriota y ciudadano de la capital del reino hispano había aparecido inesperadamente a última hora para sumarse a la aventura.

Ya en la embarcación nos comentan que mar adentro el día es de traca y que se va a complicar a medida que la mañana vaya avanzando. Asumimos la noticia e igualmente nuestro compañero que apoya nuestra decisión de continuar apostillándola, además, con la referencia a sus 150 inmersiones de experiencia. Nada más salir del puerto la lancha neumática comienza a brincar como una posesa sobre las espumeantes olas mientras yo abrazo, con amor extremo, al nuevo y preciado miembro de mi familia para evitarle cualquier golpe dañino y menos a una edad tan temprana.

Llegados al punto de amarre todos tenemos bien batidos a punto de nieve nuestros respectivos desayunos y, más aún, nuestro acompañante que comienza a mostrar preocupantes tonos violáceos en su rostro … Nos equipamos rapidito y al agua. Señal de O.K. y todos para abajo y … ¡De repente! … señal de todos para arriba …

Este hombre no lograba hundirse, lo que me hizo tener que nadar unos veinte metros contra la corriente para alcanzar la lancha y tirando de la cámara y sus flashes lo que me dejó realmente tocado de un ala. Tras un ratito de yo-yo en superficie y unos cuantos plomos más en el cinturón del buzo castizo nos volvemos a equipar y atacamos el segundo intento de sumergirnos … Señal de O.K.  y todos para abajo pero … ¡De repente! … De nuevo, todos para arriba, como si de una machacona canción de King África se tratase.

El peso añadido no pudo solucionar el problema de sus nervios y tampoco el de su mal cuerpo lo que sumado a las adversas condiciones del mar, frío y visibilidad pudieron con el ánimo del tercer participante que optó por una honrosa retirada a tiempo y quedarse esperando en la embarcación tras lo que finalmente nos sumergimos e iniciamos el descenso que culminó con notable éxito el tan deseado acto bautismal.

En esta ocasión la supuesta experiencia no ayudó al buzo a sobreponerse a la ansiedad y al mal tiempo pero si lo guardó de un mal mayor. ¡Bien hecho!

Aliwal Shoal (Sudáfrica). Cielo nublado, fuerte oleaje y viento considerable. Resultado, ni una sola zodiac sobre el mar excepto la nuestra a la que subo junto con mi Pepito Grillo personal (PGp) y dos buenos y veteranos buzos, un alemán y un inglés.

Salida desde el río Umkhomazi para pelearnos a cara descubierta con las grandes olas que rompían en dirección a la playa y contra la propia corriente del río que generaba un auténtico hervidero de espuma chocolateada al confluir ambas. Un lugar para muy pocas tonterías porque una media anual de 12 embarcaciones vuelcan en jornadas, precisamente, como esta. Tras unos 5 kilómetros de botes y rebotes, llegamos al arrecife de Aliwal Shoal y nos lanzamos al agua.

Durante la inmersión comienzo a tener problemas estomacales y al volver a la superficie comprobamos que las condiciones han empeorado ostensiblemente, las olas han crecido y la fuerza del viento también. No me encuentro bien, pero que nada bien. A la paliza del largo viaje de avión del día anterior se ha unido un resfriado que me impide ecualizar en condiciones y por si fuera poco las molestias me están dejando sin gas y son de las del tipo que no avisan ni se pueden contener con peligro irremediable de polucionar el interior del traje. Estoy al límite de mis posibilidades físicas lo que me obliga, muy a mi pesar, y por primera vez en mi vida anfibia, a renunciar a la segunda inmersión ante la imposición dictatorial de mis intestinos que se encuentran en plena revolución. El precio a pagar sería carísimo. Tras despojarme del traje y saltar de la embarcación para evacuar mi tormenta interior me vería forzado a permanecer en ella durante 45 interminables minutos de pura tortura, con el cuerpo devastado, a bordo de ese yo-yo diabólico movido por un mar tremendamente embravecido. Una experiencia que no le desearía ni a mi peor enemigo. El día concluirá en la playa atenazado por los convulsos escalofríos de la hipotermia y con un nuevo récord para mi palmarés, el de la peor jornada de buceo de mi vida. Ese aciago día, sólo mi PGp resultó indemne al castigo, el resto de buzos quedamos para el arrastre, para que después hablen del sexo débil.

Lanzarte al agua con un cierto mareo puede ser beneficioso porque evitarás sufrir el castigo del movimiento de la embarcación en superficie, incluso podrás vomitar sin problema durante la inmersión, pero con el cuerpo enfermo, al límite de tus fuerzas o más allá de él es una temeridad que puede salir muy cara. ¡Bien hecho!

7. Aunque insista golpeando tu puerta jamás le abras al pánico.

Tiger Beach (Bahamas). Crucero vida a bordo. El sol se está poniendo y las claras aguas azules comienzan a teñirse una vez más de un negro azabache. Hora de lanzarse a un mundo oscuro donde sabes a ciencia cierta que te esperan, como poco, cincuenta tiburones de gran porte dentro del campo de visión y muchos más fuera de él y entre los que bien pudieran encontrarse enormes ejemplares de tiburón tigre nadando por allí. De hecho, ver a estos gigantes es precisamente el objetivo para el que contamos con la ayuda de la caja de cebo con la que poder atraerlos en la noche que es cuando, precisamente, salen a cazar.

El guía ya se encuentra clavado en la arena del fondo agitando vigorosamente la caja que contiene el cebo. Mis dos compañeros se colocan a su izquierda y yo en solitario a su derecha. Las luces están encendidas y, entre sus haces, los tiburones caribeños entran rápidos como flechas por todos los lados mientras los grandes limones se aproximan levitando a ras del suelo en un auténtico caos circulatorio. Millares de pedacitos de cebo hace rato que comenzaron a volar como confeti orgánico y ahora flotan esparcidos por todas partes.  Ser partícipe de esa escena es como un acto de fe en el que, sobre todo, hay que permanecer completamente calmado.

Inesperadamente, una visión fugaz. Dos tiburones se despistan con tanto tráfico y sus cabezas chocan poderosamente de frente produciendo un ruido seco. Uno de ellos, asustado por el fuerte e inesperado golpe, sale disparado como un resorte, despedido como una auténtica bala y, en una fracción de segundo, recorre los tres metros que lo separan de la posición donde se encuentra arrodillado mi compañero junto al guía. La cabeza del animal impacta frontalmente y con violencia contra la suya y piensas que nada bueno puede haber pasado. Es un momento de tensión en el peor de todos los escenarios submarinos imaginables para perder el control o para que aparezca la escandalosa sangre.

El guía, acude rápido en su ayuda y este le hace con la mano la señal de O.K. Se encuentra bien, tan solo le quedará un moratón bajo el ojo gracias a que la máscara amortiguó bien la mayor parte del impacto. La inmersión continúa como si nada hubiese ocurrido pero, de haber entrado en pánico tras recibir el impacto, esa noche podría haberse celebrado una macabra cena.

Ante una situación límite en el agua siempre hay que actuar con serenidad y cabeza incluso cuando hayas estado muy cerca de perderla. ¡Bien hecho!.

8. Más allá de los límites merodea ansioso el infortunio.

La Laguna. Yucatán (México). En un claro, en medio de la selva yucateca, se encuentra una tranquila laguna de color turquesa despidiendo el fuerte olor a huevos podridos propio del aire sulfuroso. En su centro se oculta un hondo agujero de 80 metros de profundidad.

Iniciamos el descenso tres buzos junto al guía para pronto comprobar que a tan solo 10 metros de profundidad el agua clara da paso a una concentrada nube blanca de ácido sulfhídrico que nos engulle y en la que apenas alcanzamos a ver más allá de dos palmos de distancia. Queremos ir profundo. Mucho … Tanto como el doble del límite permitido para el buceo recreativo que es para el que nos habilita nuestra licencia. ¡Craso error!.

A medida que vamos descendiendo me voy esforzando al límite para no caer en los engañosos y soporíferos brazos de la traicionera narcosis que no trata a todos por igual pero que, más allá de esos 40 metros de la sagrada frontera del buceo recreativo, comienza a adueñarse de casi todas las mentes prácticamente sin excepción. Es por eso que la noche anterior he dormido mal preparando mi mente para hacerle frente durante cada segundo de la comprometida inmersión que se avecina y, ahora, ya estoy en ella …

No mucho más tarde pasamos por los 50 metros y continuamos el descenso hasta los 60 sintiendo como las neuronas cada vez tardan más en comunicarse entre ellas y más aún bajo el efecto anestesiante de la densa niebla blanca que apenas nos deja llegar a vernos la cintura …

Continuamos yendo más profundo y aproximándonos a la zona roja de alto peligro. La nube se hace algo menos espesa y, como si quisiera prevenirnos del peligro, cambia durante unos metros a un color rojizo para poco después volver a su blanco inicial. Al pasar la mano por una de las repisas de la pared de piedra caliza se desprende una cortina de sedimentos que caen con hipnótica suavidad emulando a los copos de nieve en el aire. La prohibición de los 40 metros hace ya tiempo que fue vulnerada ahora se violará la fisiológica que predica la locura de descender respirando simple aire comprimido a cotas inferiores a los 60 o 65 metros.

Esa segunda barrera también ha sido pulverizada y alcanzamos los 70 metros para ver con cierto alivio como la neblina, por fin, nos concede un respiro y comienza a aclararse. A esta profundidad la compresión del oxígeno que compone un 21% de nuestro gas es tan alta que lo vuelve tóxico para nuestras células pudiendo derivar en resultados fatales.

Diez metros más abajo ya se revela un fondo cubierto por grandes bloques de piedra sobre los que lentamente terminamos por posarnos como cuatro astronautas borrachos a unos temerarios 80 metros de profundidad lo que viene a ser un edificio de 27 plantas que se hubiese puesto boca abajo.

Ahora nuestra precariedad es extrema. Sometidos a una presión de 9 atmósferas cada respiración que damos devora la reserva de aire de nuestra botella a una drástica velocidad 9 veces superior a la de la superficie. Un consumo descomunal que no puede dilatarse más porque la arena del reloj de nuestro tiempo bajo el agua ahora se desliza vertiginosamente.

La mente está abotargada y no podemos olvidarnos de comenzar el lento ascenso de modo inmediato o no lograremos concluirlo.  Pero antes nos damos unos carísimos segundos para contemplar la gran caverna que bajo nuestras luces muestra un delirante ambiente amarillento pastoso probablemente debido a la presencia del azufre en el agua y que en ese momento tan solo me transmite la inquietante sensación de estar en la antesala del infierno.

Además de nuestro tanque de aire de 12 litros llevamos otra botella de igual capacidad de nitrox para hacer la parada deco al final de la inmersión pero a esta profundidad el consumo de la mezcla de segunda botella resultaría sería letal por lo que dependemos tan solo de la primera. No podemos esperar más y emprendemos el largo regreso a la superficie. Uno de los buzos sube acelerado ¡Craso error! y le agarro del gemelo para pararlo.  Gira su cabeza hacia mí con la mirada perdida sin entender el porqué lo he hecho y le hago gestos para que desacelere al tiempo que le señalo el ordenador para que controle su velocidad de ascenso al rango permitido. Lo hace …

El trayecto de vuelta se vuelve eterno respetando la velocidad aconsejable de 9 metros por minuto mientras vemos como la aguja del manómetro indica como la reserva de aire va cayendo alarmantemente en picado hasta entrar en la zona roja que marca los últimos 50 bares. Por fin, sobrepasamos la cota de los 40 metros para poder cambiar de gas pasando a consumir el contenido más rico en oxígeno de la botella intacta de nitrox 36. A cinco metros de la superficie nos espera una parada deco obligada para desaturar nuestros tejidos atestados de nitrógeno que se prolongará casi 40 larguísimos minutos. No queda otro remedio que hacerla si queremos salir indemnes a la superficie y eludir a la enfermedad descompresiva que nos obligaría a tener que soportar el indeseado purgatorio de la cámara hiperbárica o algo aún peor. Allí, junto al resto, permaneceré inmóvil como un muñeco sopesando si realmente ha merecido la pena la auténtica barbaridad que acabamos de protagonizar.

Algunos límites nacieron para romperse como aquellos que espolean los esfuerzos de los atletas para superar las marcas otros deberían ser respetados para no gastar inútilmente todas nuestras provisiones de suerte o, aún peor, quedarse en el intento.

9. Incluso el paraíso puede volverse infernal.

Miyaru Faru (Maldivas). Un fantástico día de sol con el agua tranquila en el que acabamos de saltar escalonadamente desde el barco con el plan de alcanzar la entrada del paso de un atolón. Esperábamos una ligera corriente que sortearíamos bajando velozmente hasta el borde de una plataforma para allí quedar colocados con los ganchos y disfrutar tranquilamente del previsible espectáculo de los tiburones pasando por delante de nosotros. Una escena ideal en un entorno paradisíaco.

La realidad resultaría ser radicalmente distinta. Lo que nos esperaba en el fondo del paso era un aterrador huracán subacuático fuerza 5. Aún mayor para los dos infelices fotosubs que se lanzaron desde la nave a la deriva los últimos y que cayeron más alejados de la plataforma. Justo en medio del canal. Desafortunadamente, yo era uno de ellos …

Nada más llegar al fondo nos vimos envueltos en el formidable corrientón del estrecho paso donde comenzaría la peor inmersión de mi vida enfrentando una corriente varias veces más fuerte que la mayor que he experimentado jamás. Aquellas que se empeñan en arrancarte la máscara y que dejan lívidos a los pseudoanfibios en fase de renacuajo serían ligeras brisas submarinas junto a esta auténtica bestia.

Esta masa de agua brutal nos arrastraba como plumas aun cuando te agarrabas para evitarlo a piedras tan grandes como tu cuerpo alzándote en volandas con la roca incluida. Y no solo nos hacía tragar continuamente agua al respirar a través del regulador, al presionarlo con su desmesurada fuerza, sino que, finalmente, lograría ponerme el octopus en pérdida continua de aire sin que llegara a advertirlo. A esto se sumaría la tremenda fatiga del esfuerzo agónico de reptar agarrado a lo único que me podía sujetar, las hendiduras del suelo rocoso y con la cámara, sujetada por su cable de seguridad, queriendo cortarme el brazo bajo una intensa sensación de dolor. Todo, en un vano y desesperado intento de llegar hasta mi Pepito Grillo personal (PGp) que se había lanzado momentos antes y llevándome al borde de la extenuación. ¡Craso error!.

Sumido en esta situación, con el octopus derrochando gas al máximo sin mi conocimiento, la botella terminaría por vaciarse en un suspiro justo cuando ya comenzaba a percibir, en la difusa lejanía, la inconfundible pegatina amarilla y verde de nitrox sobre el tanque de un buzo que no llegué a poder identificar. Alegría que cedería al percibir el peligroso indicador de mi regulador endureciéndose cada vez más al respirar, síntoma inequívoco de que, con suerte, me quedaban dos o tres bocanadas y sin posibilidad alguna de pedir aire a nadie en medio de una locura demencial.

Tan solo me restaba la opción de afrontar el primer ascenso de emergencia de mi historial de hombre rana apelando a la calma como mi mejor aliada hasta conseguir sacar la cabeza sobre la lámina del mar y procurando gestionar mi escasísimo aire para evitar dañar a mis queridos pulmones. Tras lograrlo con éxito, segundos después asomaría la cabeza del buzo que saltó conmigo. Se había dejado las manos en las rugosas y cortantes piedras del fondo del endiablado canal al llevarlas intencionadamente desnudas, para tener mejor sensibilidad para disparar, dejando los guantes en el barco. Durante días las tendría como dos botijos y tan sólo le quedaría el consuelo de haber salvado de milagro su equipo fotográfico de más de diez mil euros aunque no sin mermas. Uno a uno irían apareciendo el resto de buzos abortando el catastrófico buceo hasta que finalmente lo haría también mi pareja dando fin a una angustiosa espera en cubierta con el corazón desbocado. Algunos de ellos con más de un millar de inmersiones comentaban al salir no haber conocido nada igual ni por asomo.

En un indeseado ascenso de emergencia no existe espacio para el pánico tan solo cabe aliarse con la calma, subir del modo más controlado que permitan las circunstancias  y vaciando con sensatez el aire de nuestros delicados pulmones para evitar lesionarlos. Bucear sin guantes supone una importante merma de seguridad en una infinidad de casos. Cuando la corriente es invencible el plan B puede ser escapar de ella y continuar con la inmersión pero si estás bajo condiciones extremas tan solo existe un plan sensato, el de abortarla.

10. Mientras los virus de la gripe sigan de juerga por tu cuerpo mejor quédate en la cama.

Ponta do Ouro (Mozambique). Tercer día de buceo con agitada travesía en la embarcación neumática en día de tormenta donde algún que otro buzo, como suele ser habitual, se siente perjudicado pero todo va bien … bueno … eso creía yo. Mi oído derecho se está negando a compensar desde un principio inflamado por los efectos del gripazo de la semana anterior. Las consecuencias de ese catarro aún siguen latentes y preparándose para venir al mundo para mi desolación …

Llega el tiempo de sumergirse y el grupo inicia un veloz descenso que no puedo seguir porque al alcanzar los 4 metros mi oído se bloquea y me impide continuar bajando. Es el primer aviso de lo que vendrá más tarde pero lo ignoro. Con paciencia voy logrando abrirlo y haciendo señales de O.K. al guía. Unos minutos después consigo alcanzar al resto que ya aletea a 40 metros de profundidad.

Nuevo día de inmersiones. La temperatura es agradable pero el cielo está nublado y, como en las jornadas precedentes, la leve lluvia y el viento nos acompañan en el trayecto hacia Pinnacles donde no suele faltar a la cita el oleaje. Nada más llegar nos lanzamos para iniciar un descenso en el que ya me temo lo que, inevitablemente, me sucede sin demora. El mismo oído se vuelve a bloquear impidiéndome bajar de nuevo. Casi nunca suelo utilizar la agresiva maniobra del Valsalva al descender. Suelo emplear una combinación de Toynbee, sin presión y Frenzel con las que evito el uso de las manos al tiempo que dedico esos primeros instantes a comprobar que no existe entrada de agua en la carcasa de la cámara, colocar bien los flashes, encender todo el aparataje y revisar la configuración es la correcta para disparar. Son los últimos coletazos del fuerte catarro padecido y que aún mantienen ese oído inflamado al que no solo no he dejado curarse adecuadamente sino que, además, llevo forzando desde mi llegada ¡Craso error!.

Todos caen a plomo pero a mí me resulta casi imposible superar la insignificante cota de los 4 metros de profundidad por lo que decido dirigirme a la línea existente entre el carrete del guía y la boya de la superficie y rodearla formando un círculo entre mi dedo índice y mi pulgar para no perderlos pero sin entorpecerlo en su trabajo agarrándome a ella. Sigo aplicando las técnicas anteriores e incluso añado algunas más como la de tragar y toser repetidamente con lo que costosamente, metro a metro, consigo ir avanzando ante la atenta mirada de mi Pepito Grillo personal (PGp) que, advertida de que esto podía suceder, se encuentra esperándome unos metros más abajo sin perder el contacto visual. De repente percibo con alivio ese celestial sonido del aire al escapar por el conducto auditivo que supone el final del suplicio y sigo descendiendo pacientemente por tramos repitiendo todo lo anterior hasta llegar al oscuro fondo del arrecife de Pinnacles a más de 30 metros de profundidad.

Los tiburones no se hacen esperar y comienzan a aparecer atraídos por el ruido producido por las botellas de plástico al ser retorcidas y de los brillantes señuelos que penden agitándose en el azul. Da inicio el baile de los pequeños puntas plateadas que giran acompañados de grandes rémoras a nuestro alrededor y los comienzo a perseguir con la mirada rotando en vertical sobre mi propio eje en busca del mejor momento para atraparlos en mi tarjeta de memoria. Pero … de repente, todo el escenario en bloque cobra vida propia y decide comenzar a girar por sí mismo sin que yo pueda detenerlo por mucho que me empeñe.

Al principio se mueve lentamente pero no tarda en cobrar velocidad y cada vez lo hace más rápido y aún más y más … hasta que termina por alcanzar la potencia de un tornado que me obliga a cerrar los ojos al mismo borde del desvanecimiento.

Estoy bajo el ataque de un antiguo enemigo, el vértigo alternobárico. Ya tuvimos la ocasión de conocernos en el mar Rojo Sur hace una década y, entonces, ya me dejó con la visión a oscuras por unos interminables segundos durante los que permanecí ciego, aislado de todo y a su completa merced.

Este despiadado oponente aparece cuando un oído decide compensar los cambios de presión antes que su hermano porque la permeabilidad de una de las trompas de Eustaquio está alterada y le impide compensar adecuadamente. Es la diferencia relativa de presión entre ambos la que tiene esas consecuencias ciertamente desagradables y, en este particular escenario rodeado de escualos, realmente comprometedoras.

En las escasas ocasiones que me he encontrado bajo el agua contra la pared y con la  punta de la espada en medio del pecho nunca he dudado en llamar a mi infalible aliada, la calma … ¡Bien hecho!.  Con el conocimiento claro de lo que estoy enfrentando busco a duras penas la figura de mi compañera e intento anclar mi visión en un punto de su cuerpo. No me resulta fácil y menos aún a sabiendas de que estoy entre tiburones a los que nunca hay que perder de vista pero en los que ahora me es imposible centrarme. En esos instantes me recorre la idea de que son muy capaces de distinguir, gracias a sus ampollas de Lorenzini, la debilidad de sus posibles presas y, aunque soy consciente de que no formo parte de su cadena alimenticia habitual, no logro desprenderme de una creciente sensación de inquietud y todo lo que alcanzo a ver se empeña en intentar girar hacia la derecha pero consigo centrarme y asirme a una de las anillas del chaleco de mi PGp para quedarme allí inmóvil con los ojos cerrados.

Hace tiempo que estamos muy profundos por lo que no tardamos en iniciar el ascenso en el absoluto azul donde el arriba y el abajo no existen y donde, por ello, resulta más difícil aún orientarse. Un ascenso que temo porque sé que durante el mismo mi atacante se irá haciendo cada vez más poderoso por el efecto de la presión que juega a su favor.

En efecto, el descorazonador vértigo no se hace esperar y me alcanza aún con más violencia por segunda vez. Todo gira como si estuviera dentro de un gigantesco remolino a una velocidad nauseosa, incontrolable y desesperante que me lleva a un estado de desorientación total en el que con la visión borrosa soy incapaz de poder obtener ni la más mínima lectura del ordenador de mi muñeca.

Pero el segundo no vendrá solo porque, a medida que voy consiguiendo apaciguarlo, debo continuar forzosamente ascendiendo a la superficie junto al grupo – es lo que tiene llevar el reloj de aire colgado en la espalda – con lo que mi tormento aparecerá crecido dos veces más y consecutivas para llevarme al límite de mis capacidades multiplicándome por cero.

Tan solo me queda seguir agarrado con el dedo índice de mi mano izquierda a la anilla del chaleco de mi PGp mientras sujeto la cámara con la derecha y centrarme en mantener a ciegas la flotabilidad, convertido en un inútil globo, intentando no obstaculizar el ascenso de mi compañera que se encuentra en modo lazarillo y a la que no quiero entorpecer en una parada de seguridad que soy absolutamente incapaz de controlar.

Una vez alcanzada la superficie el mareo continúa y se prolonga a bordo de una embarcación agitada por el oleaje y donde intento, con poco éxito, fijar la visión en la lejana costa. Pero los cuatro vértigos padecidos unidos al movimiento incesante de la barca no me dan tregua alguna para reponerme y no tarda en hacer su aparición una de las odiosas compañeras del cruel vértigo, la nausea.

En esas condiciones no es prudente volver a descender y por segunda vez en mi vida pseudoanfibia me veo obligado a renunciar a una inmersión. ¡Bien hecho!.

Sentado en el suelo de la lancha, con el poder de maniobrabilidad de un nudibranquio reumático, observo, con gran pesar, como mis compañeros vuelven a sumergirse y me preparo mentalmente para pasar una hora de tortura en modo yo-yo junto al barquero en este aciago día donde el viento fresco y la lluvia incrementan el castigo. Antes de decidirme a alimentar a la fauna marina mozambiqueña me tumbo devastado boca abajo sobre uno de los blandos bordes de la embarcación neumática e, inesperadamente, comienzo a sentir como unos tímidos rayos de sol están abriéndose paso entre los nubarrones y comienzan a darme algo de calor en la espalda. Parece que Neptuno ha detectado mi estado de low battery y ha querido mostrarse piadoso conectándome en modo de carga inalámbrica. Instantes después me quedo plácidamente dormido.

Bucear bajo los efectos de una gripe o un catarro es totalmente desaconsejable aunque podrás hacerlo si los síntomas son leves descendiendo con lentitud compensando tus oídos, usando el cabo de anclaje y controlando la profundidad pero si tienes obstruida una de las fosas nasales por mucosidad o no puedes compensar los oídos en superficie es casi seguro de que en el agua vendrán los problemas que te impedirán bucear y, aún en el caso de que lo consigas ayudado por medicamentos, correrás el martirizante riesgo de verte visitado por el odioso vértigo alternobárico o el catastrófico bloqueo inverso al ascender que podrá producirte un barotrauma. Si la cosa se complica, llama a la calma.

11. Si aún no te has convertido en rana no te metas en todos los charcos.

Sipadan (Malasia). Hemos vuelto para alojamos en esta segunda oportunidad en una plataforma petrolífera reconvertida en hotel para buzos que, por aquel entonces, era la única que aseguraba visitar este parque marino, al menos una vez cada tres días.

Estamos en una de esas afortunadas jornadas en las que se nos ha concedido el acceso a los fondos de Sipadan y tras un agradable buceo la inmersión ha finalizado. Al emerger nos recibe la lluvia cayendo sobre un mar en el que han crecido altas olas redondeadas y sin rastro alguno de nuestra lancha que, con tan desfavorables condiciones, ha debido perder nuestro rastro de burbujas.

Viajamos en unión de tres parejas de chinos jaraneros que son un show continuo e indisciplinado bajo el agua pero a los que parece haberles abandonado de repente las ganas de fiesta.

Los guías lanzan sus boyas deco y esperamos, sin éxito, la llegada de la barca durante un buen rato durante el que el mar revuelto nos está proporcionando un castigo considerable mientras que la corriente nos va llevando a la deriva más y más adentro. Las boyas naranjas de señalización en estos escenarios pierden gran parte de su efectividad al ser continuamente tapadas por la altura del propio oleaje y difuminadas por el efecto de cortina de la lluvia.

La pareja de guías discute acaloradamente sobre que hacer hasta que, finalmente, nos comunican que toca aletear en dirección a tierra. En ese momento el panorama comienza a ser muy preocupante porque varias asiáticas comienzan a dar claras evidencias de estar bajo los efectos de la nausea, debilitadas y próximas a entrar en pánico.

Ningún chino habla inglés. Los maridos por señas intentan a duras penas comunicar a los guías que no pueden seguirlos, que apenas saben nadar … ¡Craso error! y que se encuentran mal. La reacción de los guías no se hace esperar, es fulminante. Ambos nos comunican a la vez que nos vamos sí o sí. Durante unos segundos de confusión nos quedamos en agua de nadie junto a los angustiados sumidos en la más absoluta de las calamidades y con los guías alejándose hacía tierra con un decidido aleteo en busca de ayuda antes de que ya estemos demasiado lejos para poder encontrarla.

Hago un gesto al chino que me parece más entero, esperando ver su reacción, y el pobre hombre tan solo alcanza a señalarme con su brazo extendido apuntando a su grupo el penoso panorama que tiene junto a él y a encogerse de hombros como diciéndome

– Esto es lo que hay, no podemos hacer nada más y aquí nos quedamos a ver que pasa …

No tiene sentido permanecer allí en mitad de la nada y a merced de la corriente. Hablo con mi PGp y salimos disparados tras los guías que ya se han separado de nuestro lugar una buena distancia.

Tras unos costosos 500 metros de hacer piernas sobre el sube y baja de las incómodas olas, por fin, alcanzamos a divisar en la lejanía una embarcación y comenzamos a agitar las boyas como desesperados. No importa que sea o no la nuestra y seguimos insistiendo hasta que vemos con tremendo alivio como, tras el rato de tensa espera, la barca termina por arrancar el motor y encara su rumbo hacia nuestra posición. En efecto … ¡Es nuestra lancha! … Minutos después localizamos y recogemos al grupo chino en un estado verdaderamente deplorable pero, afortunadamente, sanos y salvos.

La seguridad personal siempre está en primer lugar y más aún si con tu acción puedes contribuir a resolver el problema y ayudar a solucionar el del resto. De habernos quedado todos a la deriva las consecuencias podrían haber sido trágicas. Haber tenido una formación deficiente que no te has molestado en mejorar, no saber manejarte en situaciones de riesgo o no estar en buenas condiciones físicas en momentos críticos puede suponer un handicap insalvable. En cada buzo reside la capacidad y responsabilidad de entender donde están sus límites y si, realmente, está preparado o no para bucear en entornos que pueden volverse exigentes de modo imprevisible y donde las infraestructuras de rescate son realmente precarias o, peor, inexistentes.

Aquí concluye esta serie de experiencias extraídas de la cara menos amable de un mundo extraordinario. Cada cual podrá sacar sus propias conclusiones para seguir disfrutando de esta apasionante afición evitando en lo posible cometer crasos errores, sin bajar jamás la guardia y, por supuesto, sin correr riesgos más allá de las fronteras de la sensatez y de las estrictas reglas de la seguridad.

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