Myanmar: Un milenario desencuentro con la paz

 

Un ejército de templos se eleva entre la vegetación de la llanura pero uno solo trepará hasta la misma cumbre de una falsa montaña. Un gran espejo, salpicado de flores de loto, se distorsiona con el remar insólito del pescador. Una grandiosa estupa cubierta de oro, rubíes y diamantes refulge al sol exhibiendo el orgullo del pueblo birmano.


Aterrizas en el pequeño aeropuerto de Yangón, o Rangún si lo prefieres … Llegaste a Myanmar, o Birmania si lo prefieres …

Poco a poco tus párpados se irán separando cada vez más y tu capacidad de asombro puesta a prueba cuando te recibe un señor muy amable con una falda y con la cara pintada y piensas que será alguien folclóricamente ataviado que pretende venderte algo … Acertaste, pero solo al 50% … Es el representante de una agencia de viajes que quiere colocarte algunos tours pero va vestido y maquillado de persona completamente normal, al menos, por estos lares … Su elegante falda o longyi es usada indistintamente por hombres y mujeres que por igual también acostumbran a pintar sus rostros con un polvo amarillento denominado tanaka que tras ser extraído de la pulpa de un árbol usan como protección solar y complemento de belleza al dar cada cual su toque personal de diseño facial megafashion

Ahora, mientras te peleas con la pantalla táctil del cajero y tu cerebro procesa intentando asimilar el encuentro anterior, pulsas para convertir un centenar de euros recibiendo un cerro de kyats, ciento sesenta mil para ser exactos. El gusanillo del hambre se ha despertado y se despereza mientras da bocaditos por tus tripas. Así que, con tu rollo de billetes te diriges hacía una pequeña tienda del aeropuerto y compras unos dulces artesanos, más tarde comprobarás que son unos salados. Este pequeño establecimiento aeroportuario, de apenas 25 metros cuadrado, en realidad es un multicentro donde puedes comprar los salados, más allá unos dulces de verdad, bebida y el resto de alimentos en el aún más allá debiendo pagar en cada zona su precio que, con sorpresa, compruebas irrisorio más aun teniendo en cuenta donde te encuentras. Allí, sintiéndote observado por los curiosos birmanos, mientras desayunas, te sientas en una de las dos pequeñas mesitas que, increíblemente, también caben en tan minúsculo espacio y terminas por matar al gusanillo mientras esperas que el reloj marque la hora de volar hacia el mar de los templos.

Bagan, antigua capital de varios reinos de Birmania que ya no lo es, cambio que por aquí tampoco es demasiado extraño. Estas tierras vienen desde el siglo III a.c. siendo convulsas y propicias para prestar su residencia casi permanente a una guerra alimentada por la continua confrontación entre sus pueblos. Contradictoriamente, desde la ventanilla del avión observas una llanura repleta de miles de pequeños templos que, aparentemente, parecen clamar por una paz que, obstinadamente, se resiste a llegar …

A diferencia de muchos de los otros 48 países que conforman el continente asiático de repente tienes la sensación de que estás soñando y que, de repente, has brotado como un extraño calabacín en mitad de un huerto de abundantes calabazas. La gente del lugar camina vestida con sus preciosas faldas y sus caras adornadas mientras que tu vista hace ya largo tiempo que no alcanza a divisar la presencia de otro occidental y te invade la extraña sensación de sentirte desubicado como el espectador que estuviese asistiendo en un cine a una película que transcurre en un exótico país lejano.

El Asia budista posee el increíble poder de atrapar tu stress, envolverlo en una red de armonía, inocularlo con su cadencia pausada y terminar por desintegrarlo. A medida que paseas por las pagodas y por los más de 2000 templos, que llegaron en su día a ser más de 4000, el tiempo comienza a dilatarse y las orejeras de las prisas de la sociedad moderna se van aflojando hasta que terminan por caerse.

Las pequeñas construcciones religiosas salpican el verdor de la vegetación sin orden aparente contrastando su color con el de los estrechos caminos de tierra rojiza que discurren en una atmósfera de sosegado silencio. Ahora tu sentido de la percepción es distinto, se está desarrollando. No solo observas el panorama en su conjunto como una postal. Ahora ya alcanzas a ver como va cambiando el brillo de las hojas de los árboles movidas por el viento suave, hueles el penetrante aroma de la hierba y de la tierra humedecida, tocas las piedras milenarias buscando percibir el pasado contemplado, oyes el lejano retumbar del sonido del trueno preludiando la inminente llegada de la lluvia y, te dejas ir, a la par que saboreas con la mente abierta el extasiante cóctel de los cinco sentidos liberados.

 

Junto a los templos se prodigan los puestos de la delicada y original artesanía local  mostrando, tallas de madera, pinturas hechas con arena y piedra molida y muchas confecciones textiles, elegantemente realizadas de modo artesanal, que los comerciantes ofrecen con sutileza sin llegar a atosigar al visitante. Completamente descalzo, como exige la costumbre, recorres, una y otra vez, los interiores de las edificaciones sagradas recurrentemente decoradas con las estatuas de buda. En el paseo vas impregnándote del profundo respeto y devoción que los birmanos allí profesan humildemente postrados de rodillas concentrados en sus rezos y sus ofrendas.

Cae la tarde, es la hora de la pagoda Shwesandaw. La puesta de sol llega para recubrir el verdor del llano de color anaranjado. En esta ocasión el astro rey no se empleará a fondo en sus labores artísticas porque un gigantesco e inoportuno pseudohongo atómico se empecinará en impedirlo.

Con la noche llegan los aromas procedentes de las cocinas de los restaurantes y puestos de comida callejeros y con ellos la oportunidad de degustar unos exquisitos noodles regados con un cerveza Myanmar helada mientras disfrutas de visiones tan hipnóticas como la ofrecida por una curiosa tienda de coloridas sombrillas  retroiluminadas como la pantalla de tu sofisticada HDTV LED.

A poco más de una hora en coche se encuentra el monasterio que trepó a una puntiaguda montaña para quedarse allí dormido. Por el camino te llegan las pintorescas escenas cotidianas de los carros de bueyes que transportan la pesada carga con su caminar cansino pero también aparece la visión más desagradable del viaje. Niños y ancianos salen a la carretera extendiendo sus manos hacia los vehículos mendigando dinero. Te asalta la extrañeza porque no has llegado a observar la presencia del hambre en las calles. La respuesta la hallarás a la vuelta cuando desde la parte trasera de la furgoneta descubierta que te precede sus ocupantes comiencen, entre risas, a lanzar billetes desde su interior como los reyes magos hacen con los caramelos a los niños en su cabalgata solo que este escenario te produce un profundo rechazo al ver como abuelos y nietos se juegan literalmente la vida en la carretera para ser los primeros en recoger ese dinero que puede llegar a resultar el más caro del mundo.

La llanura cede su paso a las montañas y, entre ellas, a lo lejos … ya se divisa una estampa de cuento más propia de un montaje fotográfico que de la sorprendente realidad. Es el Monte Popa sosteniendo al pesado templo que se empeñó en encaramarse a su chepa para vivir sobre él.

 

Dos elefantes custodian el pórtico de la escalinata cubierta por donde transcurre el empinando ascenso a la cumbre. Al tratarse de un lugar sagrado nada, absolutamente nada, puedes llevar cubriendo o protegiendo tus pies durante la subida. Esto aparentemente no es un problema pero en realidad se convierte en una prueba de habilidad y destreza consistente en ir esquivando los meadillos y caquitas de los ariscos monos que corretean por allí, que no contentos con polucionar los mismos escalones que algunos esforzados birmanos insisten infructuosamente en limpiar, procurandose una pequeña donación, también se dedican al hurto de camisetas de las tiendas de las amables señoras que allí se esfuerzan por venderlas.

  

Al llegar a los 1518 metros de la cima, la recompensa. Unas interminables vistas desde el espectacular monasterio dorado símbolo del descomunal esfuerzo de los birmanos por erigir esta proeza sobre las mismas fauces de lo que, aparentando ser un inocente monte, en realidad es un poderoso volcán.

A una hora de vuelo el Lago Inle. Un gran espejo sobre el que millones de pequeños tomates vienen al mundo junto con las cuatro especies de lotos que se prodigan decorándolo con sus delicadas flores.

Las siluetas de los pescadores en precario equilibrio sobre sus estilizadas barcas suponen una visión maravillosa. En esas plácidas aguas reman ayudándose de una de sus piernas en una postura que recuerda a la de un flamenco en su laguna mientras, pacientemente y bajo la lluvia, buscan llenar sus pequeñas redes.

En su interior existe una pequeña aldea pesquera donde sus habitantes también se dedican a tejer diversas prendas confeccionadas con algodón, seda y con las fibras de los tallos de los lotos. Viven felices en sus frágiles cabañas levantadas sobre palos a escasos metros por encima de las tranquilas aguas. En un lugar con la influencia budista tan marcada no les podía faltar la presencia de un gran templo y de un espartano monasterio al que poder acudir.

   

 

Un último vuelo acabará por cerrar el singular triángulo en Yangón, la capital destituida en favor de Naipyidó. Habías leído sobre su fealdad que, sin embargo, no alcanzas a apreciar por cuanto te ves agradablemente sorprendido por la influencia colonial inglesa de sus edificios aunque evidencien los estragos del terremoto y del tsunami de 1930, y, por si no fuese suficiente, del castigo recibido durante la segunda guerra mundial.

Shwedagon, la colosal estupa de 100 metros de altura y el complejo que la rodea es algo de una belleza sencillamente abrumadora. Allí, se suponen guardados 8 pelos de buda y un trozo de tela de su vestimenta. Esta pagoda es la más grande del mundo y la más sagrada de Myanmar. En su cúspide, más allá de la gran campana y resto de estructuras, se haya la corona cubierta con más de 5.000 diamantes y más de 2.000 rubíes. Su paraguas  de 13 metros y un peso de 5 toneladas, de las que 500 kilos son de oro, contiene el alabe y el orbe diamante.

        

 

La visita de este extraordinario lugar, custodiado por dos grandes leones en cada una de sus entradas, es, sin duda, una oportunidad privilegiada para contemplar detenidamente de cerca el arte que rodea a la religión budista admirando el sereno fervor de sus practicantes.

Tras un tortuoso camino llegas a la pagoda de Nga Htat Gyi para plantarte ante el gigantesco buda sentado que se alza ante ti. No muy lejos, la pagoda Chaukhtatgyi donde resultarás irremediablemente empulguecido ante la descomunal estatua reclinada de Siddharta Gautama.

Es hora de despedirse. El lugar elegido tras el intenso ajetreo, el lago, Kandawgyi. Allí, reposa inmóvil la réplica de una lujosa barcaza real, el imponente Karaweik Palace, donde, también, pueden ser degustados platos de la cocina nacional.

El tiempo se ha agotado, atrás quedan los millares de fantásticas postales virtuales de una tierra con una historia labrada con más sombras que luces pero de una plasticidad soberbia y donde, con suma facilidad, podrás encontrarte frente a una cálida sonrisa adornada por los simpáticos dibujos de la tanaka.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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2 comentarios en “Myanmar: Un milenario desencuentro con la paz

  1. Precioso y exótico lugar el que tan bien describes y documentas. Realmente te transporta a un desconocido espacio de paz y tranquilidad, que, paradójicamente, me resulta extrañamente familiar, ignoro por qué. ¡Felicidades!, y, como siempre, gracias.

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    • Yo también lo ignoro. Pero a bote pronto se me ocurren cuatro posibilidades …

      a) Los ecos de una vida anterior
      b) El deseo subconsciente de viajar y conocer el mundo budista
      c) El paralelismo con tu estilo de vida sosegado
      d) Ninguna de las anteriores

      Sea cual sea la opción viajar a Myanmar no dejará a nadie indiferente y el coste no es alto si se sabe donde y cuando buscar.

      Gracias por pasarte, una vez más, y dejar tu huella por este modesto lugar del ciberespacio donde casi todos van de paso.

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