Isla Reunión: El grandioso escenario vertical de los Tres Circos

 

Para el Índico apenas un lunar insignificante de su piel. Para un vulgar humano el lugar donde las montañas ascienden verticales hasta encogerle el alma. En el que un trepidante monstruo cónico suele despertar vomitando desolación hasta el océano. Donde los bosques de criptomerias y tamarindos conviven con el musgo, los helechos y los líquenes hasta que ya no cabe más verdor. En el que las nubes se adueñan del paisaje ignorando las reglas de la altura. Es el paradisíaco refugio que eligieron las ballenas para traer al mundo su legado.


Atrás quedaron los días de buceo de Sudáfrica, las obnubilantes vistas de las Cataratas Victoria desde sus dos vertientes, Zambia y Zimbabue y el desmesurado derroche animalístico del Parque Chobe en Botsuana.

Regresamos a Johanesburgo … ¡¡Que pesados…!! Pero solo para descansar una noche libre de los demoledores asientos aeroportuarios pero arrastrando el gravísimo problema de que ninguno de los dos cumplimos con el requisito sudafricano de tener tres páginas vírgenes para poder entrar en el país.

Tras aterrizar llegamos al mostrador de control donde informamos que vamos en tránsito hacia Reunión y que pasaremos para recoger las maletas – lo que es cierto pero no del todo –  y un señor muy amable sin más nos busca dos huecos, de los poquísimos que nos quedan en las páginas antiguas, y amablemente nos los sella. Sensación de alivio porque eso significa que entramos una vez más en el país y que podremos descansar en el hotel para el día siguiente partir hacia la isla francesa en lugar de tener que pasar casi un día infernal destrozándonos la columna sobre las sillas del aeropuerto.

Ya en el aire, nos preparamos mentalmente para otra sesión sadomasoquista de comida en el avión, en esta ocasión servida por Air Austral.

A veces he llegado a pensar que todo el deplorable pienso que habitualmente nos sirven a bordo se produce con una misma y indigerible masa madre supereconómica a la que se le dota de diferentes sabores, colores y formas, llámese pollo, ternera, pasta … pero que, realmente, sabe esencialmente a lo mismo, sea lo que sea y se denomine como quiera imaginarse para no herir la sensibilidad del sufrido pasajero.

Después del espeluznante menú de nuestro anterior vuelo con British, similar a tantos otros que han vuelto intactos en su bandeja para no sucumbir en el trayecto, en esta ocasión ni siquiera nos dan a elegir entre el habitual – Chicken or Pasta… ? – ¿Pollo o pasta… ? … Cuestión que los esforzados y pacientes tripulantes de cabina deben, probablemente, aprender en su primera lección de hostelería aérea y que viene a ser lo mismo, para los conocedores del chiste, de … Susto o muerte…?

En esto que me ofrecen la bandeja y noto como mi estómago, que tras previas experiencias parece estar desarrollando su personalidad propia, se encoge del mismo modo que los caballos en los concursos saltos de hípica hacen protagonizando ese triste renuncio momentos antes de saltar el impactante muro de más de dos metros que le ponen por delante.

Con poco entusiasmo la acepto y la coloco sobre la mesita del respaldo del asiento del pasajero de enfrente y no puedo dar crédito a lo que veo. ¡¡Pero esto que es!! … Doble pan, agua, snacks, una barrita de queso cheddar, un quesito babybel, mantequilla de verdad con sal, un ceviche de langostinos jugositos, con una rodaja de limón no pocho y con verduras a la brasa con sabor a humillo de parrilla. Un pollo sabroso ¡Sin regusto a masa madre y con una suave salsa comestible de curry! … Una tartaleta que no está como el esparto desde hace tres días y que lleva una rica crema pastelera topeteada con unas fresas caramelizadas. Dos minibarritas de rico chocolate de marca reconocible y que no te soltará el vientre. Todo ello con unos peligrosísimos cubiertos de metal y un vaso de cristal con el que podrías defenestrar a varios pasajeros a poco que se lo propusiese uno de tantos dementes.


Absolutamente inmerso en un estado de shock profundo llega la azafata y me hace una pregunta, afortunadamente fácil … ¿Que quiere beber? – Cerveza. Cuando me la sirve, inaudítamente … ¡¡Está helada …!! … y de paso me ofrece una botellita de vino que, gentilmente acepto y … ¡No está amargo ni siquiera ácido sino bueno…!. Por un momento pienso que, en realidad, me he quedado dormido o que nos hemos estrellado contra un ovni y que estoy ya de camino a alguna parte, llámese X … Pero no … Sin pellizcarme siquiera me doy cuenta de que todo es absolutamente real. Que estoy inmerso en el centro de la mismísima excepción que confirma la regla.

Nada más abandonar el aeropuerto de Roland Garros, que no era un gran tenista sino un aviador, sientes la contradictoria sensación de estar en un lugar tropical pero con el sello europeo, en este caso francés lo que aporta una cierta nota de originalidad a la experiencia.

Montados en nuestro coche de alquiler nos dirigimos a nuestra base en Saint-Gilles-les-Baines en la costa Oeste, que se precia de ser la más protegida de los vientos y es verdad tan solo basta con visitar otras zonas de la isla para comprobar que el tiempo aquí es privilegiado.

Esta localidad quizás sea la más impersonal de toda la isla pero estratégicamente se nos ajustaba como un guante porque estaba relativamente cerca del aeropuerto, de las actividades acuáticas y de las rutas de interés aunque si eres un amante del trekking probablemente deberás marcar una cruz de NO justamente sobre este lugar en tu mapa. En cualquier caso Reunión tiene un tamaño similar a Tenerife y, en general, con buenas autovías lo que te permite recorrerla sin complicaciones incluso en un modesto cochecito como el nuestro.

Como objetivos terrestres primordiales las visitas de los tres grandes circos volcánicos de Salazie, Mafate y Cilaos en los que las asombrosas crestas verdes de las montañas tienen la incómoda costumbre de jugar al escondite con las nubes más de lo deseado causando la frustración del visitante.

El circo de Salazie sería el elegido en primer lugar. Al acercarnos comienzan a asomarse las grandes paredes rasgadas por las líneas blancas de los altísimos saltos de agua como la Grand Mère o la del Velo de Novia. Es cuando comienzas a atisbar la punta del iceberg y a convencerte de que no has errado en tu elección.

Más adelante llegas a Hell-Bourg. Para muchos entusiastas el pueblo más bonito de Francia. Aquí me apuntaré al disonante grupo de los pocos que disienten. El paisaje que lo rodea se evidencia fascinante pero la villa no tanto más allá de las coloridas y bonitas casas criollas de madera pintadas de vivos colores cuya apreciación común de excepcionales también se me antojó sobrevalorada y del curioso arco vegetal que enmarca una de sus estrechas entradas y que sin estar anunciado en ninguna parte me pareció digno de mención. Raro que es uno …

Desde allí partimos hacia el mirador de Takamaka, que se precia de ser uno de los más espectaculares de la isla.

A medida que negociábamos las curvas en un bucle demoledor que son un clásico de este terreno, iniciamos un viaje espacio temporal al jurásico deleitándonos con una exuberante vegetación que parecía querer engullir la carretera lo que no es nada extraño si se tiene en cuenta que valle es uno de los de mayor índice de pluviosidad del mundo.

En esas, Murphy que suelen ser cruel donde los haya quiso que la carretera se cortase por un desprendimiento a falta de tan sólo dos kilómetros de su final y con la opción de viajar a pie estrictamente prohibida. El consuelo del tonto sería pensar que podría haber sido infinitamente peor haber quedado aplastados como una pasa si hubiésemos pasado por allí en el inoportuno momento en el que las estáticas rocas decidieron aprender a volar.

El segundo turno sería para el circo de Mafate. El más cercano y sólo accesible a pie, posibilidad que nos estaba vetada por falta de tiempo. No sólo limitaríamos este viaje de una semana al recorrido terrestre sino que lo complementaríamos con el buceo y el snorkel con las ballenas. La única vía factible era observarlo en la distancia desde el mirador de la Maïdo, situado a 2.190 metros de altitud. Así que atravesamos un denso cañaveral y tomamos una buena dosis de curvas que nos llevaron hasta él. Ya en la cima pudimos observar un increíble manto de algodón que no nos dejaba ver absolutamente nada. Eso sí, allí arriba estaban dos individuos de color, bastante estrafalarios, grabando un videoclip arropados por toda su parentela y acólitos que los animaban enfervorecidamente y con lo que, por lo menos, nos reímos un rato y disfrutamos de su pegadiza melodía en directo – consuelo del tonto número dos – Murphy vencía 2 a 0.

 

Todavía con la pegadiza musiquilla resonando en los oídos iniciamos un descenso adornado con el color de los arcenes poblados de diminutas flores y aprovechamos para detenernos y dar un corto paseo por el bosque poblado por tamarindos y repleto de helechos.

Unas vacas, unos ponis y una densa niebla después, alcanzamos otro bosque bien distinto, el de las criptomerias japonesas, que como todo el mundo, sobradamente, sabe es un género de conífera perteneciente a la familia de las taxodiáceas. Este gran árbol, con apariencia de sequoia y también llamado sugi, puede llegar a alcanzar los 70 metros de altura y su porte es sencillamente intimidante. La sensación de tranquilidad y el olor a tierra mojada, madera y resina se impregna en los sentidos de un modo tal que solo puede llegar comprenderse estando allí inmóvil como un sugi más.

De vuelta de ese momento místico y de las curvas, contra curvas y ultra curvas era de recibo retornar a lo mundano y que mejor modo que hacerlo en un animado chiringuito de la Playa des Brisants degustando una  pinta de la refrescante cerveza local Bourbon.

Sentados junto a la arena aprovechamos los últimos rayos de sol mientras unos practicaban con gran profesionalidad el popular tenis playero, otros se entretenían admirando los pertinaces coletazos en superficie de una gran ballena y ninguno se decidía a bañarse porque en esta playa carente de la protección de un arrecife cualquier tiburón despistado puede acabar contigo en dos bocados. Prueba de ello son los, al menos, 20 ataques contabilizados desde 2011, de los cuales 8 resultaron mortales con lo que esta isla francesa se ha convertido en la zona con el récord más letal del mundo aun así muy lejos de alcanzar la contrapartida humana de los 100 millones de escualos aniquilados anualmente con el vergonzante propósito de preparar sopa tan solo con sus aletas para tantos y tantos descerebrados que bien pudieran sustituirlos.

El último turno sería para Cilaos. Recomendado, abstenerse a los propensos al mareo porque les aguardan cerca de medio millar de las inevitables curvas en el recorrido. Allí se alza el Piton des Neiges – Pitón de las nieves – para algunos la mayor de altura del Indico situado en 3070,50 metros que hace un par de millones se decidió a crear el borrador de esta isla.

Partiendo desde cauce prácticamente seco iniciamos el interminable ascenso con la vista al fondo de las afiladas cimas de las altas montañas y de los tremendos precipicios cortados a plomo que subimos pacientemente hasta por fin alcanzar el bonito pueblo que comparte nombre con este enorme circo que, para variar en esta ocasión, si pudimos ver gracias a la tregua que nos concedió Murphy, que se abstuvo de convocar a las omnipresentes nieblas, 2-1.

Tocaba descender el retorcido itinerario y aun nos quedaba alcanzar el mirador de Pas de Bellecombe desde donde contemplar, con permiso de las nubes, el frecuentemente activo volcán Piton de la Fournaise de 2.632 metros de altitud. A medida que nos vamos aproximando la mente comienza a agotarse y me voy transformando en un ser curvo tras haber trazado ya más de un millar de estos giros en todos y cada uno de sus posibles grados en un solo día y, como si de un pliegue en el espacio se tratase, se inicia un pseudoviaje espacial en el que el terreno comienza a mutar amarilleando con el color de las flores de los resecos arbustos para ser ocultado por la densa capa de nubes que hemos comenzado a atravesar cegando nuestros sentidos hasta irse disipando y dejándonos contemplar un cielo deslumbrante en el que nos sentimos semidioses que flotan sobre ellas.

Casi pegado a este enclave celestial se encuentra uno decididamente infernal. El cráter Commerson, que forma parte de un conjunto de tres y que se formó hace dos milenios tras una explosión tan brutal que dejó este considerable destrozo geológico de recuerdo con sus 200 metros de ancho y 235 metros de profundidad lo que lo hace que te sientas del tamaño del parásito de una pulga cuando te plantas sobre él. Especialmente si lo haces, en un punto de su circunferencia donde algún ser bromista ha colocado un pequeño puente de madera suspendido que, a medida que penetras sobre él, logra que el temblor de tus piernas y la sensación de vértigo aumenten de un modo inversamente proporcional a tus reservas de valor que decrecen hasta evaporarse por completo.

El viaje continúa y conforme subes vas notando como el porcentaje de oxígeno decrece y te vas volviendo más torpe aun de lo que ya eres. Y sumido en esa descorazonadora merma mental aparece a tus pies una llanura inmensa y rojiza, Plaine des Sables – llanura de las arenas – que alguien bautizó así en un dudoso alarde de originalidad, probablemente influenciado por el mismo mal de altura que está comenzando a atraparte. Al llegar a ella compruebas que es tan poco lo que existe allí que apenas alcanzas a distinguir las diminutas piedras de escoria volcánica esparcidas por su lecho. Como un sonámbulo, sin propósito alguno, avanzas, para nada, estampando tus huellas por este desolado y estéril paisaje que, con un poco de oxígeno menos en tu torrente sanguíneo, bien te pudiera llegar a convencer de que has llegado a marte. No a amarte, que también pudiera suceder como consecuencia de la hipoxia. Sino al pequeño planeta rojo.

Ya quedan pocos kilómetros para llegar al volcán, muchísimo más modesto que el Monte Olimpo que prepotentemente se erige en Marte, con sus 22500 metros de altura,  como el más alto del sistema solar y que para colmo de la inmodestia ostenta el nombre del dios de la guerra romano.

La suerte nos sonríe y, alcanzado el mirador, el árido gigante se encuentra totalmente despejado, 2-2. Distinguimos con claridad su imponente figura culminada por el cráter Dolomieu, y sentimos su llamada pero para alcanzarlo sería necesario recorrer un camino de 11.9 kilómetros empleando unas cinco horas y no tenemos luz para eso. Al llegar al comienzo del sendero unos carteles advirtiendo de la posibilidad de erupción alejan, instantáneamente, de nuestras ralentizadas mentes tal empresa. Es hora de volver a curvear e iniciar el retorno a nuestra estación terráquea.

Aún narcotizados planearíamos sobre el velo de vapor y veríamos un mágico rayo de luz en el bosque encantado de las hadas.

Para la última jornada de turismo nos reservábamos el placer de recorrer el perímetro completo de Reuníon. Como homenaje y abrazo imaginario para lo que tendríamos que pasar por un sinfín de pueblos con nombres de santos y santas: Saint-Leu, Saint-Louis, Saint-Pierre, Saint-Joseph, Saint-Philippe, Sainte-Rose, Saint-François, Saint-Benoit, Saint-André, Saint-Denis, Saint-Paul y Saint-Gilles-les-Bains. Con esta peregrinación sui géneris tal vez purgáramos en alguna medida algunos de nuestros muchos pecados.

Así, que partimos al alba rumbo al sur hasta llegar a un jardín botánico en plena naturaleza, ubicado poco antes de Saint-Philippe, y repleto de infinidad de árboles con pequeños carteles y que conformaban en un maravilloso bosque húmedo con el suelo tapizado de raíces retorcidas y de precioso musgo donde aprovechamos para emular a Tarzán con un resultado más bien deplorable.

 

Más adelante nos esperaban dos caminatas de juguete para llegar a la Pointe de la Table y la Pointe du Tremblet, en las que localizaríamos curiosos frutos del árbol de vacoa hasta alcanzar las grandes plataformas de lava maltratadas por un mar que hervía por el incesante martilleo de sus grandes olas.

 

Pocos kilómetros después nos adentramos de lleno en la Grand Brûlé donde reposan los extensos flujos de magma solidificado con los que el volcán viene asolando sin piedad la castigada costa este. Desde la carretera se observan señalados los años que corresponden a cada temible invasión. Ante tan desaforada desolación sorprende sobremanera observar la tremenda vitalidad regeneradora de la isla que se evidencia en la capa de verdor que cubre los inmensas coladas en lo que supone un auténtico pulso  a la devastadora fuerza del volcán.

Sobrepasando esta tétrica zona y una manta de agua después, que casi nos obliga a detener el vehículo, llegamos a Anse des Cascades para contemplar unos pequeños saltos de agua junto al mar.

Ya, poniéndose el sol, alcanzamos in extremis el último punto previsto en nuestro exigente itinerario. La famosa iglesia de Notre Dame des laves – Nuestra Señora de las lavas – donde, para algunos milagrosamente, se detuvo la incinerante lengua de magma pero sin que llegara a carbonizar el sagrado templo lo que, cuando menos, supone un acontecimiento curioso y digno de reflexión. Con esta última imagen de postal continuamos avanzando para regresar al mismo punto de partida siguiendo el perfil norte de la isla. Con los cuerpos bastante castigados espoleamos nuestro espíritu proyectando mentalmente la imagen de la gran pizza cuatro quesos que teníamos guardada para cocinarla en el horno de nuestro apartamento.

El último día quedaría para el relax. Era justo y necesario, nuestro deber y salvación, acumular energías para superar sin desfallecimiento los 15.000 kilómetros que nos esperaban hasta casa en avión, avión, más avión, tren, más tren, requetetren y coche.

Paseamos por Saint-Leu visitando su Ayuntamiento de piedra volcánica, la iglesia de Saint-Leu-d’Esserent que data del siglo XII y el colorido y animado mercado donde degustamos un surtido variado de ricas samosas recién hechas y los cremosos helados italianos de la furgoneta ambulante retro que paladeamos durante el relajante paseo por el puerto coincidiendo con la puesta de sol.

Una semana trepidante concluía. Atrás quedaba nuestro tímido contacto con el buceo, la intensísima experiencia con las ballenas en snorkel y un álbum de estampas tan variopintas como singulares de un lugar excepcional que no podría dejar a nadie indiferente.

Ya desde el avión llegarían las últimas imágenes de Reunión luciendo su perpetua pamela blanca.

No mucho más tarde sobrevolaríamos Madagascar observando, con profunda tristeza, como la gran isla se ha convertido en un triste desierto por la desforestación indiscriminada de más del 80% de su cubierta verde. Esta desoladora realidad unida a las frecuentes complicaciones sanitarias del país me obligaron amargamente en el pasado a renunciar a un destino que siempre quise conocer.

Tercera llegada a Johanesburgo en el viaje. Ahora, para, por fin, conectar con nuestro vuelo a Madrid. Entregamos nuestros atiborrados pasaportes en el control para que nos pusiesen el decimonoveno sello de esta aventura y tras recoger las maletas conseguimos el vigésimo y final. El señor que los puso, en uno de ellos, ni siquiera se molestó en buscar un hueco en el siguiente y lo estampó directamente y con desgana encima de otro.

Afortunadamente, todos los objetivos ya habían sido abatidos. Habíamos logrado realizar el viaje que, en principio, nos vaticinaron que resultaría imposible al no reunir las formalidades impuestas por el gobierno sudafricano. A veces querer es poder, otras veces no … no se puede ganar siempre. Pero los caminos de la actitud y del pensamiento positivos siempre conducirán a mejores puertos que los de sus contrarios que ya nacieron derrotados.


Nota.- Está crónica es la cuarta parte del viaje por lo que aquí dejo los enlaces de las que la complementan.

Primera: Aliwal Shoal II y Protea Banks: Entre la legión de tiburones y bajo el ataque inesperado

Segunda: Botsuana, Zambia y Zimbabue: El babuino carterista y el hipopótamo estratega del Parque Chobe

Tercera: Isla Reunión: Tres mañanas en la escuela de Ballenas


Dedicatoria:  Está cuarta y última crónica tan solo podría ir dedicada a todas aquellas personas que supieron empatizar con nuestro problema y nos ayudaron desinteresadamente  en todos y cada uno de los muchos controles que tuvimos pasar con nuestros raquíticos pasaportes y en los que, sin excepción, encontramos una mano tendida. Gracias …


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2 comentarios en “Isla Reunión: El grandioso escenario vertical de los Tres Circos

  1. Pormenorizada y exhaustiva crónica esta cuarta y última, que, junto a las tres anteriores, da cumplida cuenta de éste, uno más de tus maravillosos viajes, culminado con éxito a pesar de las zancadillas de Murphy, para satisfacción tuya y de quienes te envidiamos y te leemos. ¡Bienvenido a casa, incansable viajero!

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